Ambos, esta pareja, vaya dos; que llevaban ya una larga temporada sin acudir a ningún restaurante ni salir a hacer un poco de vida socio lúdica, nada de eso hacer.
Ambos, esta pareja, que llevaban una rutina con la necesaria y mínima austeridad...
Habían decidido salir a visitar alguna localidad de la comarca y así pasar unas horas fuera de su ciudad, como si de asueto dominical se tratara.
Y aquel día, a media mañana, Agapito en su automóvil de segunda mano, auto muy bien cuidado, salieron de la ciudad en la que residían. (Para Agapito, un auto bien cuidado también significaba que contaminara lo menos posible.)
Para reducir la emisión de gases de efecto invernadero y sus consecuentes anomalías ambientales, se tomó por unanimidad de pareja no superar cincuenta kilómetros de distancia hasta el lugar de destino, es decir, que tanto en la ida y la vuelta incluida no superarían los cien kilómetros de distancia.
Esto es, que habían de estar muy pendientes del contador de kilómetros del auto.
Llegaron a una pequeña localidad de unos dos mil ciento cuarenta habitantes.
Dejaron el auto en un espaciosa explanada que también alargada, con árboles de grueso tronco; era como un paseo o ancho camino sin asfaltar.
A lugareños gentes del lugar se veía, sí; también gentes venidas de otras poblaciones más grandes, incluso había dos autocares de los que bajaba gente mayor..., incluso se escuchaban otras pronunciaciones otros idiomas otras gramáticas parlantes otras fronteras.
Agapito y Raquel decidieron caminar en la dirección opuesta a la aglomeración.
La pareja, con el rostro distendido... ambos caminaban cogidos de la mano, lo hacían sin prisa, no era el caminar presuroso de la jornada laboral, antes de que el semáforo cambie a rojo.
Llegaron al centro de la población, había una plaza empedrada, espacioso lugar,, mas vieron bajo un edificio antiguo y bien conservado, abajo, en los soportales se veían unas sillas...de cafetería bar.
Era una casa de puchero cazuela comidas, establecimiento como si custodiado por columnas de piedra.
En la parte exterior, con las dichas y dichosas sillas, mesas que estaban ocupadas por gentes de hablares suaves, nada de griterío, nada de bulla ni jolgorio, al contrario, allí gentes de conversación.
La pareja decidió entrar...Una camarera los recibió.
Unos cuarenta años tendría la camarera, la camarera con atrás nudo el delantal.
Ya el uno y la otra sedentes... En la entrada había gente que salía, entraba.
Otra camarera hablaba familiarmente con quienes estaban en las mesas de afuera...
De la parte superior de la puerta colgaba como una cortina con muchas cadenas finas hasta el suelo, que sonaban aleatoriamente cada vez que alguien pasaba al entrar o salir.
La camarera, que emanaba pareceres de propietaria, les dejó la carta del menú.
En ese documento se veían platos caseros, típicos de una casa de comidas en la que la mayoría de la clientela era del la comarca, de la localidad, de por aquí por allá gentes del lugar.
Raquel, con la mirada posicionada en la carta, parecía estar ante una partida de ajedrez tablero.
Desde la última vez que salieron a comer a un restaurante Raquel estaba algo diferente, se la veía como más tranquila, menos apasionada, menos bulliciosa, con menos altivez, más en calma...Más en paz consigo misma...
Él ya había elegido, ella no.
“¿Ya saben qué quieren comer?”
Agapito comunicó a la camarera el menú. Y Raquel no se había decidido, así que tomó una de las mejores decisiones ante ese dilema “Traígame lo que usted considere, no tengo ninguna prioridad”.
La camarera aceptó el reto. Mientras tanto les colocaron sobre la mesa bebidas, una jarra con agua, y otra con cerveza. La camarera especificó que era sin alcohol.
Ya llegan los primeros platos...
La degustación ha empezado, los comensales saborean. Surge la necesaria conversación distendida propia de una día sin trasiego laboral.
Ya llegan las expresiones referidas al buen cocinar por parte de la pareja de comensales hacia la camarera. La camarera asiente gratitud por los comentarios.
La camarera les hace alguna que otra pregunta y conversan un poco: “¿Son ustedes de por aquí?”.
Raquel, que está atenta pero en un segundo plano, dice: “Vivimos a unos cincuenta kilómetros de aquí”
Agapito se anima: “Estamos de celebración”.
La camarera sonríe: “¡Me alegro por ustedes!”
“¿Qué celebran si puede saberse?”
Agapito dice con un ligero aire de entusiasmo: “Sí, verá, ella y yo, muy de vez en cuando, celebramos la tranquilidad que nos proporciona no tener nada que celebrar, la tranquilidad de no tener que preparar ni acudir a celebraciones, celebramos el no estar bajo ese trasiego. Y como la música es la distancia que hay entre dos notas, celebramos esa distancia, y como dije, nos ahorramos lo demás.”
Agapito añadió: “Así lo vemos ella y yo, y además, nuestro reducido entorno lo sabe”.
A la camarera, aquellas palabras le hicieron gracia, gracia que ya empezó al escuchar la palabra celebración; y se le alegró el rostro, también quedó algo sorprendida.
Una sonrisa configuró sus labios, una comedida suave carca-ja-ja-da inocente, en su semblante, la despertó. aún más
En efecto, las palabras de Agapito la hicieron reír.
Esa medicinal sonrisa o risa, que llega cuando menos la esperamos, así ese tipo de risa o sonrisa.
La insólita pareja ya han acabado de comer, hay que pagar y Raquel pide la cuenta solicita.
Ya la tiene entre sus delicados dedos. La mira detenidamente y mira a Agapito: “Agapito, me parece que hay un error”.
La camarera ya ha sido avisada, Raquel habla: “”Señorita, en esta cuenta hay un error, un error de cálculo, esto que nos cobra no puede ser.”
Extrañamente la empresaria no revisa la cuenta, y su rostro es una sonrisa seria, no mira la cuenta, es como si no le interesara lo que allí conste o deje de constar: “No, no es ningún error”.
Raquel, sin dejar de mirar a la empresaria, dice: “¿Me lo puede explicar?”
“Sí, les cobramos sólo los primeros platos, a los segundos y los postres y la bebida les invita la casa”.
Agapito, al oír aquellas palabras, y bajo los efectos de la sorpresa pregunta: “Pero... ¿cuál es el motivo?”
“Pues verán, recientemente hemos sabido que tras unas montañas que hay en esta zona, hay un extraño restaurante, llamado.... algo así como Kilómetro 666, y lo que allí ocurre a mi me preocupa sobremanera, de hecho, esta noche no he dormido nada, y he venido a trabajar con un fuerte dolor de cabeza que atribuyo a eso que acabo de mencionar.”
La pareja escuchaba atentamente, sin interrumpir, ni siquiera dijeron que conocían ese lugar, ese establecimiento, nada de eso dijeron. La camarera continuó.
“Cuando ustedes me han dicho el motivo por el que han venido aquí, he sentido ganas de sonreír, y de hecho, de facto, ustedes me han hecho reír, al decirme el motivo tan poco usual para esta celebración, y en pocos segundos me ha desaparecido el dolor de cabeza, quizá algún desbloqueo. Por eso tengo este detalle con ustedes, es decir, en lenguaje coloquial, me han alegrado el día”.
Agapito y Raquel no dijeron nada, no supieron qué decir.
Liquidaron su cuenta.
Salieron con aires de gratitud.