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El rincón literario: Una anécdota de mi vida
Es una noche fría de invierno, estoy desvelado y no puedo dormir acuden a mi memoria muchos recuerdos, ya estoy al atardecer de mi vida si así se puede llamar a los 71 años, recuerdo cosas de mi niñez y de lo que contaban de la guerra y de la posguerra que es lo que me toco vivir (hay quien dice que fue peor que la guerra) cada uno cuenta según vivió.

Yo era muy pequeño cuando tuvimos que salir del pueblo y refugiarnos en la provincia de Castellón, íbamos toda la familia, se componía: de los abuelos, los padres y un hermano tres años mayor que yo, al llegar comenzamos una nueva vida, para empezar mi padre y abuelo se dedicaron al campo y al mismo tiempo criar y vender ganado y así iban sacando a la familia adelante, allí nació mi hermana pequeña. Vivíamos bastante bien (claro trabajando mucho) hasta que un día mi padre enfermo y a los pocos días la muerte se lo llevo para siempre, quedamos todos destrozados, solo tenía 38 años, pasamos un tiempo sin saber que camino seguir, había mucho trabajo y se necesitaban muchas manos, el abuelo era un hombre mayor y no llegaba a todo, mi madre ayudaba en todo lo que podía, además de llevar la casa y de cuidar de nosotros. Recuerdo que junto con mi hermano que con once años recién estrenados era un hombrecillo y yo con ocho intentábamos hacer todo lo que nuestra corta edad nos permitía.

En las afueras del pueblo teníamos un corral donde se encerraba el ganado todas las noches, por las mañana se lo llevaba el pastor para pastar, cuando regresaba por la noche estábamos los dos para ayudarlo a encerrarlo, nos metíamos acurrucados en un rincón muertos de miedo y de frío hasta que empezábamos a escuchar los ladridos del perro, eso significaba que ya regresaban , al ser de noche y estar todo en silencio se oían desde muy lejos, nos mirábamos los dos y de nuestro pecho salía un fuerte suspiro de tranquilidad, aun ahora después de haber pasado un montón de años cada vez que lo recuerdo noto un fuerte estremecimiento por todo mi cuerpo.

Habían trascurrido dos años de la muerte de mi padre cuando decidimos regresar a nuestro pueblo, teníamos toda la familia allí, también nos dejamos varias tierras que seguro que esperaban para ser cultivadas. Nosotros en este par de años habíamos crecido y estábamos preparados para trabajar y seguir adelante con el abuelo al que queríamos y respectábamos como si fuera nuestro padre, cuando contemplo a mis nietos más mayores que era yo entonces, me parece que nada de eso ha podido suceder ¡como ha cambiado la vida! Para mejorar según en que cosas, pero hemos pasado de un extremo a otro (Dios quiera que nunca vuelvan aquellos tiempos).

Por entonces era la época que se hablaba mucho de los maquis y en esa zona como había muchos montes con bosques tenían donde esconderse, también se pasaba mucho estraperlo, algo se tenía que hacer para no morirte de hambre. A pesar del panorama que teníamos un buen día el abuelo y nosotros dos cargamos el carro con nuestras pertenencias y debajo del todo metimos aceite que teníamos de nuestra cosecha y emprendimos la marcha.

Las señoras, o sea la madre abuela y la niña cargaron en un vagón de tren de carga los muebles, la ropa, todo lo que nos pertenecía y se fueron delante, en aquellos tiempos eran incómodos y muy lentos, pero no había otra cosa, al menos para la gente de la clase media. Si no recuerdo mal los llamaban “borregueros”

Nosotros teníamos que pasar por las cuestas del Rabudo, era un sitio bastante peligroso sobre todo en invierno cuando la carretera estaba helada a causa del frío y la nieve, las caballerías se nos resbalaban, entre los tres no podíamos sujetarlas el abuelo era mayor y nosotros éramos dos criaturas.

Estando así las cosas se nos acerco una pareja de Guardia Civiles que estaban en cada tramo de la carretera haciendo sus controles de vigilancia, al ver nuestro apuro intentaron ayudarnos, empezaron diciendo que tendrían que descargar un poco el carro, los tres teníamos mucho miedo, solo de pensar que nos quitarían el aceite y además no sabíamos como reaccionarían y lo que nos podía suceder a nosotros , uno de los Guardia Civiles se subió encima el carro y el otro se quedo abajo, empezó a descargar hasta que descubrió lo que llevábamos sin decir ni media palabra a su compañero, volvió a cargar el carro, y nos acompaño un buen rato por si nos volvía a suceder algún percance , (yo creo que al ver un abuelo y dos criaturas le dimos pena), al despedirnos nos indico otro camino para que no encontrásemos mas controles (siempre se encuentra alguna persona buena).

Continuamos el viaje hasta llegar al pueblo, donde nos esperaba la abuela paterna, nos tenía la casa preparada y la despensa llena de comida y la mayor parte de la familia reunida para darnos la bienvenida.

Trabajamos como negros para que las tierras rindieran como antes, eran muy malos tiempos pero estábamos todos juntos y pudimos sobrevivir.

Crecí sin lujos trabajando mucho pero nunca me falto de nada.

La juventud de hoy en día no valora todo lo que tiene, les cuentas las cosas que te toco vivir y se ríen, no lo comprenden o no quieren hacerlo.

Aquí termino una pequeña anécdota de mi vida otro día continuaré.



María Teresa (mtererovira@hotmail.com)
Enviado el 5 de diciembre del 2009


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