Un viernes por la tarde, Begoña salió con su hijo pequeño a pasear, salió de su barrio, vio algo que llamó su atención, sucedió en una esquina ante unas oficinas, junto a un contenedor verde. De aquella oficina habían sacado una bolsa grande con sobres vacíos y otros papeles...
El hecho de ver a...
¡Era Arturo! Lo vio rebuscar en esas bolsas, ello le ensombreció el ánimo, pues creyó que...aunque...lo que veía no....
Ella se acercó con prudencia al que fuera su compañero, lo hizo con dudas, no sabía si hacia bien o no, pero...: “¡Hola Arturo!”
El hombre se sorprendió un poco: “¡Ah..., hola Begoña!”
Ella, con dudas y él, con timidez:
“¿Y cómo estas?”
Él se toma unos segundos para responder, según los misterios los entresijos de la timidez...
Con algo de entusiasmo dijo sin interrumpirse: “¡Estoy bien, como... tengo muchas horas... libres, cuando me viene bien busco dentro de estas bolsas los... sobres para romper la esquina que contiene el sello de correos para mi.... colección!”.
La conversación se prolongó un poco más...
Y llegó el momento de tener que marchar cada cual a lo suyo. Pero en ese momento que Begoña se alejaba con su hijo... una hoja de periódico espachurrada llamó su atención, él la desplegó que intentó alisar como para comprobar por encima, lo que allí decía.
Arturo mostró interés, se la guardó a modo de folio reducido con varios pliegues, tamaño bolsillo, para visualizarla con detenimiento al llegar a casa, la casa de un hombre solitario y acomplejado por un problema de glándulas...; un triunfador sólo en lo laboral.
Una persona que para los hablares extra-laborales su dicción se atascaba entre timidez más timidez.
Abandonaba el lugar, su figura se alejaba por la calle con lento andar se empequeñecía hasta casi desaparecer, allá a lo lejos giró en una esquina.
Begoña nunca más volvió a ver a aquel repartidor de notificaciones.
Fin
¡Qué asco! (primera parte)