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Dioses celestiales
adoran al sol bajo los espejos ocultos de la oscuridad. Ecos moribundos dictaminan en el cielo sentencia inmediata ... Mientras una luna peregrina y callada espera. Esculturas angelicales señalan el umbral del horizonte, y jardines transparentes dejan sus brotes nocturnos. Rostros obscenos enlutan el extremo opuesto de la tierra. Tejen los dioses ruegos en el ocaso, coronando estrellas sobre grutas impalpables. Entre ritos mortales la tierra recupera su presencia abierta en el espacio. Ansiosa, espera ella poder sentir cómo los hombres embarcan hacia el último pájaro. Mari Acosta (poemasdemary@hotmail.com o romary@sinectis.com.ar) Poema que pertenece a su libro En brazos de dos lunas.
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