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El rincón literario: El ínfimo y breve momento


Estaba solo, ante la puerta inmensa y negra de la cripta. Era de noche, noche cerrada, noche oscura. Los leves haces de luz que lograban escapar de ser devorados por la oscuridad, se reflejaban tímidamente sobre la mole de acero que me separaba de mi amada. Apenas se podía leer, sobre el arco gótico de la entrada, el patronímico "KUNDRY", adornado con una siniestra orla y dos querubines de mirada angelical, de los que colgaba, legamoso, un rosario de líquenes adheridos allí por la labor del tiempo. En las esquinas había gárgolas de ademán amenazador, como queriendo advertir que quien osase molestar a los muertos en su descanso eterno se arrepentiría. Me estremecí solo de ver aquellos cuatro siniestros monstruos pétreos, imponían respeto. Una estatua de un ángel guardián de melenas caídas y rostro triste dominaba la cripta, el panteón de los Kundry, donde descansaba con el plácido soñar de la muerte mi virginal amada Rose Kundry. Aún recuerdo el día de su entierro, sus labios rosáceos, sus pequeños ojillos cerrados en sueño eterno y su blanca mortaja, el hábito virginal de la muerte. Estaba igual que siempre, sólo el halo de tristeza que confiere la muerte emborronaba su figura.

Los árboles se mecían levemente al viento, dejándo caer las últimas hojas que se resistían al otoño. El suelo estaba sembrado de otras, menos contumaces que las que aguantaban asidas a las ramas. El susurro del viento era ligero, arremolinaba la hojarasca en torbellinos foliares sin mucho esfuerzo. Notaba que empezaba a nublarse el oscuro cielo, las estrellas desaparecían. ¿Qué hacía yo en un cementerio?. No sabía qué me había impulsado a venir, tal vez la pena, la falta de mi amada, o un ciego impulso irracional que simplemente me empujaba. Pero aún preguntándomelo, seguía adelante. Era como si algo o alguien tirase de mí.

Empujé suavemente la puerta metálica de la cripta de los Kundry. Noté el frío acero en las yemas de mis dedos, no era nada acogedor, como todo el panteón. La hoja de la puerta se desplazó lentamente, no estaba cerrada. Suspiré. El extraño hilo que tiraba de mi voluntad parece que lo tenía todo planeado. De pronto me asaltó una gran desazón. Si la puerta estaba abierta, alguien podría haber profanado la tumba de Rose. El corazón me empezó a latir con un ritmo muy acelerado. Le di un fuerte empujón a la puerta y entré corriendo, preocupado, con el corazón en un puño. Mi respiración se entrecortaba, jadeaba demasiado, la adrenalina fluía por mis venas en una concentración cercana a la sobredósis adrenalínica (si es que esto existe). Ofuscado, enfebrecido por el pensamiento de la criminal profanación, me vi rodeado de nichos, lápidas y ángeles graníticos. Respiré hondo al ver que todas las sepulturas seguían intactas. Fuera empezaba a llover y el repiqueteo de las gotas contra las hojas empezaba a ser ensordecedor. Una ráfaga de viento penetró en la sala mortuoria, trayendo consigo hojarasca arremolinada, susurrando. Allí reposaban para el resto de los siglos abuelos, bisabuelos, tíos, primos y una larga serie de parientes colaterales de los Kundry de difícil explicación genealógica. Me acerque a la tumba de mi amada Rose. Aparté un ramo de flores ya marchitas, deshojándose estas sólo con el tacto. Recorrí con las yemas de mis dedos el frío y cruel granito que nos separaba. En caracteres dorados, la mole de granito rezaba "ROSE ANNE KUNDRY, 12 Sept. 1.895 - 23 Abr. 1.913". No pude reprimir mis lágrimas. El viento seguía ululando en el exterior, susurraba. Susurraba mi nombre "Heinz, Heinz, Heinz". Me estremecí, el susurro del viento tomaba el dulce tono de voz de Rose, no me lo podía creer. El corazón volvió a desbocarse dentro de mi pecho, esto estaba siendo demasiado para el pobre. El leve susurro proseguía, "Heinz, Heinz, Heinz". Me giré hacia donde yo creía que venía la voz, hacia la entrada al panteón familiar. Pude verla allí, era Rose, blanca como siempre, espléndida y radiante. "Heinz, Heinz, Heinz" seguía diciendo.

- Rose, oh Rose - musité.
- Ven Heinz, ven conmigo, acompáñame. Sígueme a la eternidad, acompañame, oh Heinz - me lo pedía con la mano tendida, esa tierna mano de quien no ha trabajado nunca, de quien se reserva una muerte joven porque ya la vida aburre. Rocé esos tersos y suaves dedos. Gocé de ese ínfimo instante.
- Heinz, acompáñame a la eternidad.
- Sí,querida voy contigo, la vida me hastía sin ti.

Oí un estruendo gigantesco, como un obús cuando estalla. Luz por todos los lados, luz dañándome las retinas. La figura de Rose se difuminaba.
- Ven, Ven - le decía. - Quiero ir contigo
- Oh, Heinz, no es posible - musitaba con los ojos llorosos mientras el resplandor engullía los últimos retazos de la imagen de mi querida Rose, alargándome la mano para intentar un último abrazo, un último roce.

Abrí los ojos, el corazón me latía muy deprisa. Había humo por todas partes. Borrosamente empecé a vislumbrar el brillo de una bombilla, que se encendía o fenecía según pasase el débil flujo de electricidad por el filamento. Oía estruendos de gente que sufría. por un momento creí que estaba en el mismísimo infierno. Olía a sangre, pólvora y carne quemada. Enseguida reconocí un rostro, me era familiar, era el Doctor Hans Dieckmann, el cirujano de los húsares de su Majestad el Kaiser Wilhelm II. Estaba en los barracones del frente, en Vedrún, era 1.916.
- Por poco le perdemos capitán Von Braun - me decía complacido y sonriente, como cualquier matasanos que consigue salvar a su paciente de una muerte segura.
- Maldita sea - musite. Ojalá hubiese muerto, ojalá hubiese ido con Rose y no me hubiese quedado en el frente, en el ejército del kaiser y en esta estúpida guerra. Lloré. Vida, ¿por qué me torturas así?, no te quiero.

Cristóbal Belda Díez (cbeldadiez@yahoo.es)

Biar, 7 de octubre de 2002.

Poemas y relatos breves de Cristóbal Belda Díez:





 
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