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El rincón literario: El hombre que golpea y otros relatos breves

Páginas: 1, 2, 3, 4, 5

El Universo de las dudas por Paco Méndez “El Zurdo”*


Dudar es una de las características fundamentales de la base comunicativa entre especies. Nuestro receptor duda de cada una de nuestras palabras que normalmente suelen ser casi del todo falsas; y es que no se puede ir por la vida de honesto y sincero, los palos pueden acabar con tu vertebrada vida. Las mujeres suelen detestar a los hombres inseguros, al ejemplar “homo dudosis”, y sienten que están junto a un pelele sin personalidad. El “sí, cariño”, “lo que tu digas”, “no sé, me da lo mismo”, son típicas frases odiadas dentro del mundo femenino y reprochadas hasta la saciedad por la cultura vaginal.

Mi amigo Antón era un conservador hombre de negocios que no dudaba en pagar cualquier tipo de factura de visa reembolsada por su mujer ,desde ese colchón de agua donde realizaba las compras a una mano con su nuevo móvil. Antón no dudaba en pagar una tras otra factura, pero dudaba en sus inquietudes y ella lo sabía. Iba a cualquier sitio sin rechistar y eso, en vez de ser valorado por su mujer, era totalmente despreciado por la hembra consumista sin escrúpulos que lo acompañaba desde que Antón ganó su primer millón de pesetas. Desde entonces su esposa, se llama Consuelo, no le otorgaba ni un mísero ademán de sensibilidad y cariño.

En definitiva, la duda es despreciativa aunque nos la estén engendrando durante toda nuestra docencia. Yo pienso que ante la duda se debe hacer lo contrario de lo que se piensa, y así todo saldrá bien o al menos resultará espontáneo.

En filosofía dudar podía significar existir, pero en nuestro Estado de bienestar dudar es morir rápidamente. Nadie quiere a un “homo dudosis” al lado, sólo podemos aspirar a lo mejor y más valioso, sólo nos vale la estabilidad, la duda resuelta, y los deseos satisfechos.

Antón murió, desgraciadamente, el año pasado de un cáncer de piel que se lo llevó al otro barrio sin dudarlo. Los médicos tampoco dudaron que se le avecinaba la muerte. Su mujer no dudó que cobraría la magnífica pensión de viudedad.

Ahora en su empresa no han dudado en contratar una persona nueva para que se encargue de la carpeta de clientes del dudoso Antón. El nuevo ejecutivo, se llama Blas, no duda en hacerse cargo de todo lo perteneciente a Antón. Los clientes no dudan en seguir haciendo negocios con el sustituto de Antón. Blas no dudó que, con su currículum, conseguiría el empleo. La vida sigue y las dudas se resuelven, mientras el dudoso se muere sin haberse aclarado en vida. Si dudabais de la crueldad de la vida aquí tenéis un testimonio fiel, directo, y digno sobre un hombre que murió dudando. En fin, alguien duda que este artículo sea del todo original o que esté en lo cierto. ¿Paco Méndez podría no existir?

Dudo, luego existo.
*Esta publicación no se hace responsable de la opinión del susodicho El Zurdo


DIEZ HORAS CON PACO


El viernes pasado estuvimos acompañando a Paco Méndez durante sus quehaceres de un constructivo y fatigador (aunque muy prometedor) comienzo de fin de semana. Lo primero que hicimos fue citarnos con él en una conocida taberna vasca (de la ilustre cadena Lizarrán) ubicada en el doscientos cincuenta y siete de la céntrica calle Mallorca. Nuestro querido Paquito presentaba un impecable aspecto de cuarentón resignado, con claros ribetes de donjuanismo pasado de moda. Al verme, se levantó elegantemente de su silla a medio barnizar y me retiró la mía para que pudiese acomodarme lo antes posible. Me dijo que antes de empezar con la entrevista quería dar los primeros bocados del día. Empezó saboreando un tremendo bocadillo de tortilla de patatas-cebolla y ajo incluidos-con unos sabrosos pimientos del piquillo. De beber degustó un agua mineral ligeramente gasificada-casi de aguja-y a posteriori se engulló un notable capuchino casi de un solo trago-con una mínima y escasa pausa sólo para secarse sus hinchados labios-que terminó con una lánguida mirada feliz. Ayer por la noche salió de copas por su endiosado Raval barcelonés y llegó a las tantas a su modesto cuchitril-así es como se refiere a su casa-donde se tumbó mientras veía un clásico de Billy Wilder (fallecido el 29 de marzo) en una estupenda reposición de madrugada en la dos de Televisión Española. “Menuda peliculita, todo era arrollador, ya no quedan creadores tan grandes como Billy”, dijo Paco Méndez en un intento de emular a Carlos Pumares. “Luego quiero enseñarte una tienda aquí al lado que venden libros exclusivamente de fotografía. El otro día me compré uno de tribus nigerianas, me pareció una maravilla”, me comenta haciendo gala de un exquisito gusto por la cultura, venga de donde venga.

Cuando el editor de Krino me encargó una entrevista con ese púgil del descaro léxico apodado El Zurdo, debo admitir que me entró un tremendo temblor por todo mi lésbico cuerpo. Temí que por mi aspecto de Safoniana reivindicativa me fuese a dar la espalda o a marginarme hasta tal punto de negarse a charlar amistosamente conmigo. Me explicó que su madre se fugó de casa, abandonándolo a él y a su padre, para fugarse con la portera en una valiente cruzada lésbica en plena época franquista. “Tenía catorce años y me marcó enormemente, hasta que un psicólogo conductista me hizo abrazarme a mí mismo para aceptar todos los acontecimientos traumáticos de mi vida”, me explicó con un estilo a medio gas entre bostezos y fruncimientos de ceño. Paco Méndez se casó hace años con una bella rubia norteña, de algún pueblo de las Rías gallegas, y tuvo un hijo de nombre Eros-que falleció en un brutal asesinato donde acabó cosido a puñaladas-. Llegó a vivir en el madrileño barrio de Lavapiés, entre el Retiro y la Casa de Campo, durante casi una década. Frecuentaba la terraza de El Automático-en la calle Argumosa diecisiete-donde no se resistía a su cañita matutina, acompañada casi siempre por una ración de jugosos calamares. “No echo de menos Madrid, aquí se vive más deprisa pero las personas son igual de raras en todas las ciudades. Ni siquiera en la capital la gente se relaja. Antes todo era diferente, había más cultura del tapeo. Todos sabían o intentaban comunicarse sobre cualquier tema, trascendente o no, que pudiese surgir con total espontaneidad. Ahora nadie se mira a los ojos, vamos por la vida escondidos”, en cada una de sus palabras se observa una descarada rabia contenida.

Paseamos por las Ramblas hasta que Paco se detiene frente al Liceo, lo contempla como si el emblemático edificio tuviese alma. “A veces puede escucharle hablar”, me dice casi suspirando. En él todo es amor y lirismo, su voz es como una píldora ansiolítica. “La humanidad entera padece alexitimia, todos son auténticos bloques de hielo que interiorizan sus emociones”, me dice con fuerza y lástima.

Llegamos casi a Colón y de repente para un taxi en el que nos subimos para dirigirnos al restaurante Bilbao, situado en el número trece de la calle Perill-en pleno barrio de Grácia-, donde nos zampamos unas exquisitas lentejas con unos suculentos solomillos al roquefort. Terminamos la comilona con sendas copazas de Duque de Alba y unos cafés con hielo. Paco viste un traje hecho a medida en la famosa boutique Corneliani de Milán, en cambio su camisa es la típica azul celeste de Ralph Lauren, no lleva corbata.

Se cruza ligeramente las piernas en un ademán que, curiosamente, acompaña una conversación sobre su fallecido hijo. De golpe y porrazo, sin razón de ser, me corta la charla para preguntarme el porqué de mi masculino corte de pelo, no cree que mi identidad sexual tenga que exteriorizarse tanto. “A nadie le importa quién pise la alfombra de mi casa, salvo a mí”, dice con su embriagador tono de hombre de letras. Me fijo que lleva un sencillo reloj de correa rojiza y esfera cuadrada de Locman, marca casi las cinco. Empiezo a notar un liviano ardor y Paco, siempre amable, me ofrece un Almax con nobles deseos de mi pronta recuperación.

Me habla de un restaurante de Esplugues, llamado Can Marc, donde preparan una tempura de verduras exquisita y un fresquísimo steak tártaro. “Lo mejor es su repostería”, dice con la babilla a punto de precipitarse por su armonizada barbilla. Tiene una perfecta cara cuadrada donde anclan dos enormes ojazos verdes que derriten la mantequilla.

También siente auténtica admiración por el local de su querido amigo canario Otilio, que prepara unas lujosas caipirinhas y unos aromáticos mojitos en un templo de diversión y mestizaje, ubicado en el número cuatro de la Plaza del Sol, llamado El Dorado. Suele aparece por allí cada jueves a las once de la noche para tomarse un par de copas (unos cinco euros cada una) y relajarse de lo lindo mientras contempla los monitores que muestran desde videoclips hasta cualquier película a ritmo de una heterogénea música, siempre bailable.

Después de la segunda copa se toma un último chupito con Otilio y, sobre la una y media, se dirige a un siniestro y rococó local de la calle verdi llamado La Bagnoire (bañera en francés).

Suele salir a diario, ya que cree que es la única fuente de inspiración de un retratista de realidades como él; detesta la palabra escritor, piensa que resulta petulante y poco identificativa. Observa y escribe, y eso es lo único que hace. “Es un don esta putada de las letras, necesito retratar todo tipo de existencia para encontrar significado a la mía propia”, dice con una clara intencionalidad por concluir la entrevista.

Ha sido un paseo etéreo por los rincones más mendeznianos en un intento por describir a ese oscuro personaje que tanto molesta y perturba con su literatura enfermizamente insultante, pero que a la vez no puedes despegar los ojos de cada una de las palabras con las que se maneja este sultán de realidades inmediatas, un psicolírico que no deja títere con cabeza, pero que desprende mucho atractivo, y es que todo en el es morbo, un morbo asfixiante que se revela para hacerte extraer tus instintos más necios y primarios. Es una mezcla de amor y odio que se pega a tu mente y no te deja escapar. Siento miedo por querer a alguien tan poderoso e impúdico, cualquier día me puede poner a caldo en uno de sus libros (que él denomina conjunto de anotaciones complejas enmarcadas) o artículos (que él designa como nota escueta sobre una realidad que no se ve pero que molesta).


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Óscar Valderrama Cánovas (graciarelacions@hotmail.com)

22 de diciembre del 2004

Relatos y poemas de Óscar Valderrama Cánovas:

-Amor gratis-    -Nosotros que anhelamos la vida-    -Diferencias conyugales-    -Disfruta de mi compañía-    -Ese adorable anciano-    -Granos-    -Gritos y pesares-    -Hágase la sangre-    -Subterráneo de ideas fashion-    -Ilusiones de mi vida-    -Juguete roto-    -La peor de las mujeres-    -Mi estrella-    -Miradas psicológicamente evolutivas-    -No creo en la distancia-    -El país de las promesas-    -Paleolítico soy-    -Podrás-    -Radicales libres: mi vida y vejez-    -Rencor, odio y amargura-    -Seré lo que tú prefieras-    -Tengo miedo si no estoy a tu lado-    -La distancia que íbamos atravesando-    -Tren dirección cartagena-    -Al otro lado de la laguna Estigia - Los cuentos de la muerte-    -El hombre que golpea y otros relatos breves-   





 
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