Autor: Volskiervers

Fuente: https://www.polseguera.com/writers/writing-898_vivir-y-dejar-vivir-recapacitar-y-dejar-recapacitar.html


¿Vivir y dejar vivir? ¿Recapacitar y dejar recapacitar?

Esa mujer, de rostro enojado, rabioso, muy inclinada a mal pensar de... y de... y de...Un día sí y otro también...

Esa mujer, inclinada a sembrar dudas, a meter miedo y miedos a la familia a la que tenía subyugada... expedientada...amonestada...

Todo ello propiciaba que en los confines familiares de la casona se oyera “¡Si la abuela se entera!”o “¡La tía se va enojar!”, con frecuencia así se oyera.

Esa banda sonora muy poco alentadora.

Una banda sonora ¡qué lastre!

No había más bandas sonoras en aquella casa. A quien no le gustase se fastidiaba, y si no..., pues también, se fastidiaba.

Con esos edictos esas expresiones de impacto día a día, esta mujer construyó a su alrededor, una campaña de publicidad tan real, que se convirtió en código y norma de conducta, aunque a veces, tan sólo eran titulares, con lo que en algunas ocasiones no era necesario hacerlos efectivos.

Todo ello para mantener a una familia claudicada ante esa voz de voces y gestos de derribo, derrumbe de todas esas autoestimas que circulaban alrededor de la señora.

Y un día, esta persona se encontró mal, tuvieron que avisar a la doctora o al doctor, a quien estuviese de guardia, pera que se allegara a la aldea....¡¡Ya!! 

La matriarca clamaba encontrarse mal, ¡clamaba de modo irreverente y dictatorial!

“¡Me encuentro mal, llamad a una ambulancia que me encuentro mal, que venga ¡ya!”.

Y como esta matriarca adolecía de mal perder, así clamaba, con esa actitud, actitud de alguien que con la mirada ya lograba imponerse a un grupo humano que le daba audiencia, uno punto débil de cualquier persona manipuladora y vendedora de temores fabricante, y la matriarca sabía mucho de ello, lo conseguía porque era la enfocada y hoy cada día lo ponía en práctica.

La familia, más por miedo que por afecto, acudió a su lado para atenderla, para que no recayera sobre ese grupo un castigo por algún tipo de omisión de socorro, y a quienes se les podría recriminar por parte de la matriarca...

¡Enmarañadas estrategias para adjudicar culpa!

Y por allí había alguien de la familia, era una intimidada joven estudiante, y a la capital llamó, llamó a la ambulancia, pero ese automóvil medicalizado tardaría en llegar a la localidad de los hechos que acaecen; demora por razones de servicio, y además, a causa del maltrecho acceso y complicado terreno, que a buen seguro la persona al volante desconocería. Tramos del vial más propios para rumiantes varios, y rebuznos largas orejas, cuatro patas seres.

Y la joven, al entender que la ambulancia se demoraría por una dificultad o por otra, sintió desazón, sintió preocupación por la familia y por ella misma.

De modo que se acaba de instalar en la esfera familiar un peso más, mientras llega el vehículo sanitario.

Y el rostro avinagrado de la matriarca parecía clamar “¡¡¡Primero yo, yo y yo!!!”

Cuanto más tarda la ambulancia más tensión con la señora, así pues se oía susurrar “¡Qué venga pronto esa ambulancia, que se apresure a venir!”. Era el temor expresándose, el temor que clamaba una ayuda..., el temor que aparece en las palabras de quienes rodeaban a la señora para sin saberlo empoderarla.

Aquellos familiares rodeaban la cama desde donde la señora gobernaba aun encontrándose indispuesta.

Y una joven del clan preguntaba con reparo “Pero dígame usted... ¿dónde le duele tía Roberta?”

Aquella mujer respondía con rencores. Pareciera que se le preguntaba por preguntar, como si quienes la rodeaban ya habían de saber el mal que la aquejaba. Como si el preguntar fuese ofensivo, como si la pregunta fuese para burlarse de la yaciente enojo entre dientes.

Quizá en esta familia haya alguien que se pueda permitir el sencillo lujo necesario de preguntarse...¿quién se burla de quién?

Aquella mujer más que responder, lo que hacía era reaccionar, las viejas reacciones, con las embrutecidas formas con las que indirectamente se maltrataba a quienes vivían en la casa, incluyendo a los animales.

Estos animales rehuían de ella al verla acercarse y regañarlos de malas maneras“¡¡¡Apartad de en medio malas bestias!!!”, explotaba esta mujer que no sabía tratar a los animales con normalidad normal..., y a la familia, pues igual de mal.

Al escuchar tal preguntar “¿dónde le duele a usted?” las manos se las llevaba al lugar a la zona del cuerpo conspiranoico atiborrado de recelos, y reaccionaba con expresiones faciales para la cerrazón.

Pero no esclarecía nada, de tanta ira de tanta inquina y falta de comprensión por lo que hacia; era la misma irritación la que hacia decaer su gobierno lo que la desnortaba.

Un enfado que se le volvía en contra, y quienes la rodeaban debían cargar con ello y con ella...y con todo ello, lo que ello representaba. Mujeres y hombres de la familia a su alrededor tratando de evitar lo peor o aparentemente peor.

Se acerca otra adolescente a la que casi nadie en la familia, salvo los gatos y los perros, tomaba demasiado en serio, incluida la enferma, la artífice, la gran artífice.

La adolescente buscaba atención aunque fuese atención rasposa y tramposa, buscaba hacer algo para ser tenida en cuenta. Así que se acerca a la cama con un bote de crema corporal, en la etiqueta de presentación propagandística decía: Revitalizante. Era un bote que un día compró, sin que nadie supiese nada del asunto.

En aquella familia, hacer y deshacer en la sombra era muy habitual..., había de ser así.

Esta joven, bajo los efectos de la intimidación y búsqueda de aceptación, en esas circunstancias creyó que la palabra revitalizante es exactamente eso, no imaginaba que es más bien algo parecido a un truco o método mercantil aun legítimo y sujeto a contextualización. Tampoco supo ver que el valor de esa palabra es el que se le quiera designar.

Y quienes allí estaban rodeando al yaciente temor personificado en matriarca fingieron interés por lo que traía en las manos la adolescente la crema traía.

Así que para tratar de contener la ira de la paciente empezaron a untar a la señora ya en paños menores, con crema revitalizante, para tratar de revitalizar a la señora y espantar sus males. Crema en los brazos, hombros y zonas varias.

Esta praxis podría resultar, vista desde fuera de esa atmósfera familiar, algo grotesco, o necio, pero el temor a la señora provocaba ese proceder. ¡Parece absurdo, y difícil de creer!

Corrían el riesgo de ser acusados, por parte de la señora, acusados de desidia, de omisión de socorro, e incluso de ser acusados y acusadas de desearle lo peor. Y esta mujer cuando lo creía oportuno utilizaba una palabra casi mágica, poderosa, reductora...., la transitiva palabra “desheredar”.

Y al sentir sobre la endurecida piel el frescor algo pastoso y más cremoso, clamaba, decía, con algo de grandilocuencia al ver a toda esa gente sometida a sus necesidades decía “Parece que estoy mejor”.

Y las y los subordinados seguían untando a la señora, más para librarse de sus edictos casi sumariales y color ceniza grises efectos.

Parecía todo ello una macabra burla, un retrógrado y retorcido juego de control y sumisión, una prueba de obediencia entre ciega y deslumbrante.

Acto falaz, manipulador, burlesco, de una mujer mayor que parece que de la vida y del vivir no se ha enterado de casi nada ha querido enterarse, eso parece.

Al final llegó la doctora, mujer también aficionada a la montaña pues senderista; profesional perteneciente a una saga dedicada a la medicina y la salud, e incluso ayudante ocasional en casos veterinarios en el ambiente familiar.

La ágil médico tras realizar unas inspecciones básicas dijo con objetividad: “Usted no tiene nada, señora, tan sólo una indisposición leve, quizá algo le ha sentado mal..., pero nada preocupante.“

La facultativa, mientras recoge su instrumental elemental prefiere no preguntar: ”¿usted suele amargarse o enfadarse con frecuencia?”