Autor: Jose Mira Torregrosa Fuente: https://www.polseguera.com/writers/writing-427_el-saxofonista.html El saxofonista Oscar Wolf EL SAXOFONISTA Al besarla mientras le hacía el amor, una infinita sensación de paz me sobrecogió. Era una mujer muy bonita algo más joven que yo, de unos cuarenta, con un cutis muy suave que olía a crema hidratante de almendras, unos pechos medianos y firmes y de un dulce palor, glúteos con bonitas curvas que al acariciarlas dejaban en las yemas de los dedos una ardiente voluptuosidad, piel clara y tersa que me hizo pensar que se bañaba en albercas llenas de leche de burra tal como hizo Cleopatra, rostro ovalado de rasgos muy sutiles, ojos ligeramente rasgados con un iris color avellana y unos labios carnosos y rojos que sabían a carmín y cerveza. Todo empezó en un café de clase. Pero rebobinemos. Esa tarde yo había llorado por primera vez desde la desgracia y bebido vino sentado en un parque bajo unos tilos verdes y al apurar la botella, pensé en Jenny y me dije que mi vida sin ella seguía estando hueca, como una calabaza vacía. Hacía unas semanas que no iba al cementerio a depositar flores sobre su tumba, pero aún la amaba, aún amaba a un fantasma. No podía dejar de evocar su forma de escuchar, sus risas cristalinas, sus palabras de esperanza, sus momentos felices, su dulzura al follar. Fue hacía ya algo de tiempo cuando ella venía a verme tocar el saxo a los locales y yo le dedicaba algunas canciones y luego la invitaba a beber tequila con sal y limón y cerveza mexicana. Lo lógico, nos enrollamos, y ella, que tenía veintidós añitos y trabajaba de oficinista en una gestoría, se vino a vivir conmigo a mi piso del centro desde donde se puede ver cómo surge el sol inmenso del amanecer sobre el mar Mediterráneo. Todas las noches seguía tocando el saxofón en algunos locales de moda. Mi música era una réplica de Jennifer en una mágica dimensión. Cuando cada madrugada terminaba de tocar, en los locales quedaban algunos clientes. La mayoría de esos pájaros nocturnos iban borrachos. Yo estaba ya algo cansado, y la indiferencia de mi público me ahogaba el pensamiento. Por un lado siempre detesté tocar para insensibles, y aunque siempre hubiera alguien que se quedaba embelesado con mi talento, muy pronto, los gañidos de esos déspotas que jugaban a estructurar el mundo me arrastraban a un precipicio, al desorden, a un bajío; pero, al mismo tiempo, al tocar el saxofón dentro una nube de realidad, al dejar que la música me mantuviera dentro de una extraña cordura, pues trabajar de noche para desalmados puede desquiciar a cualquiera, me sentía más unido que nunca a Jennifer. Y Jennifer era lo que más me importaba. Cuando ella no venía a presenciar el espectáculo, antes de que amaneciera llegaba yo al apartamento y tras comer algo ligero me metía en la cama. Ella a veces se despertaba y hacíamos apasionadamente el amor. Sus besos me proporcionaban la paz que no me proporcionaba mi oficio. Teníamos la virtud de comprendernos y perdonarnos los defectos. Cuando estábamos juntos, qué fácil era olvidar las cosas malas de la vida. Pasamos unos meses muy agradables; por las tardes salíamos juntos por la ciudad. Yo creía haber encontrado en Jenny mi piedra filosofal. Era una chica desinhibida que vivía la vida y el sexo con entusiasmo. No había día que yo no le guardara culto a su belleza; era como si estuviéramos hechos el uno para el otro, como la leche para el café. La capitalista ciudad nos abría cada noche una puerta al teatro de los sueños. Íbamos a pubs, a cines, a cafeterías de clase, a pasear por la playa. Éramos una pareja muy feliz. Los meses que pasamos juntos dejaron, por los motivos que fuere, una marca imborrable en mi corazón. Jenny, por su carácter, no era una mujer que pudiera volver loco de amor a un hombre, y sin embargo, eso era lo que más me atraía de ella, su etéreo romanticismo. Para mí, la vida estaba compuesta de muchos falsos valores; el arte, para mí, podía ser aburrimiento; el progreso, involución; el consumismo, una epidemia; pero el amor era fuerza y juventud, poder y gloria. –¿Qué harías si te dejara? –me preguntó una de esas tardes. –No sé, me haría budista o terminaría para siempre con alcohol y barbitúricos. Jenny tenía la piel morena como una cortesana hindú y era talluda, tenía los labios rojos como el vino, ojos negros y rasgados y pechos llenos. Su forma de ser me hacía querer evolucionar, ser mejor persona, y siempre, pese a alguno de mis malos ratos, nunca se olvidaba de sonreír. Luego, al encontrarme mejor, le decía que me perdonara por mis ratitos de mal humor y que su sonrisa lo era todo para mí. Tenía corazón de niña. Cada día la amaba más, y cada día encontraba en ella nuevos motivos por los que seguir quemando mi vida por las noches en los locales nocturnos de clase. Su principal virtud era saber escuchar. Creo que todos necesitamos a alguien a nuestro lado que sepa escuchar. Arrugaba el ceño y me dejaba hablarle de mis problemas cotidianos asintiendo de vez en cuando, y luego, cuando ya me había desahogado, me decía unos sabios consejos. Los mejores consejos los dan las gentes que saben escuchar. ¡Tenía una mirada tan tierna cuando me escuchaba! Recuerdo que a veces se levantaba e iba descalza a la cocina a coger una cerveza de la nevera y luego se volvía a sentar frente a mí y me decía, voz encantadora: "¿Por dónde ibas?". Y yo continuaba y ella daba un buchito a la botella y entonces me daba cuenta de que lo nuestro era maravilloso. La amaba tanto, y me sentía tan joven cada vez que hacíamos el amor. En ocasiones, después de joder, yo le hablaba en la cama y ella me escuchaba. En la habitación flotaba el olor de nuestra piel y nuestros fluidos, y en esa atmósfera, en ese universo mágico, ella escuchando y yo confesándole mis temores, mis sentimientos, mis manías o mis neuras, éramos los seres más afortunados del planeta. Dicen que en el Caribe hay gente que sólo tiene vida de noche, escuchando cómo tocan la trompeta y los bongos en los locales y bebiendo piña-colada y follando más tarde en las playas cubiertas de palmeras hasta que despunta el sol dulce del Caribe. Cuando viajamos a Cuba, nada más respirar el aire de la Habana, pensé que allí el tiempo se detuvo. Ese país comunista se había quedado anclado en los 50; se veían carros viejos por doquier, playas de arenas blancas, palmeras y soldados. Había chicas de doce años que se acostaban con turistas sexuales a cambio de comida o de tres dólares. En el hotel, en la terraza de la habitación, hacía el amor con Jennifer y bebía cuba-libre o piña-colada. Comíamos pollo frito o pescado y langosta y bebíamos un seco blanco de buen buqué. Jennifer salía al amanecer a la playa cubierta de altas palmeras para bañarse y dorar su cuerpo de lolita al sol y yo me quedaba durmiendo hasta el mediodía. Luego, al empezar yo la jornada, ella llegaba de playa oliendo al coco del protector solar y follábamos un rato en la habitación. Después comíamos en el hotel y más tarde visitábamos edificios históricos y museos. Muchos isleños odiaban a los yanquis; eran muchos lustros de embargo, de presiones y de ofensas. Ahora, sin embargo, las aguas estaban más calmadas, pero nadie olvidaba la guerra fría ni La Bahía de los Cochinos. Por otro lado, la madre Rusia había cambiado, y si Estados Unidos no invadía Cuba era por el miedo a las represalias de China y Corea del Norte. Un día, paseando, pasamos por los alrededores de una prisión: allí dentro había presos políticos a los que torturaban en nombre del marxismo. El pueblo era un redil, y cuando una oveja se descarriaba, Fidel la llevaba al matadero. Pese a la dictadura marxista, que me da asco, pues aunque sea de izquierdas detesto todas las dictaduras, me gustaría volver a Cuba, ya que en Cuba se bebe y se folla mejor que en cualquier parte del mundo. Al regresar de de la isla, seguimos con nuestra vida por donde la habíamos dejado. Tocar, salir, comer, privar, follar…En Marzo, dado que me tomé un fin de semana libre, viajamos a Madrid, y entonces, todo se terminó. Un atentado fundamentalista semejante al del 11-M puso punto final a la vida de Jennifer. Yo salí ileso del atentado de Al Qaeda; pero hubiera preferido morir junto a ella, que yacía sin vida en mis brazos, con la piel todavía caliente, esquirlas de metal y cristales incrustados en el pecho bañado en sangre y los ojos grandes como soles. Tenía una mirada tan tranquila que tuve la impresión de que le había gustado morirse. Tras la desgracia, empecé a beber más de la cuenta, y como tocaba ebrio muchas noches, me dijeron en todos los locales que me tomara unos meses sabáticos. En las últimas semanas –aunque hacía tiempo que no iba– me acercaba al cementerio y le llevaba flores a Jennifer, y como siempre llevaba el saxo conmigo, improvisaba algo triste para ella sentado sobre su tumba de piedra blanca. La tarde que lloré por primera vez tras la muerte de Jennifer, había bebido vino sentado en un parque a la sombra de unos tilos verdes. El sol del verano era sofocante, pero corría una brisa que traía el olor salado del mar. No sabía que algo después conocería a Carmen. Al apurar la botella de vino, me sequé los labios con la palma de una mano y toqué el saxo durante unos minutos. Mientras tocaba, mis ojos se volvieron a bañar en llanto. ¿Y si terminaba ya con un poquito de humo y gases de mi coche o una mezcla de somníferos y alcohol? No, no iba a tener el valor de ser tan radical con mis problemas. Tenía que enfrentarme a la realidad, que de tan dura, había abocado mi vida a la decadencia absoluta, de tan atroz, tras cada uno de mis latidos, me clavaba el filo de un cuchillo en el corazón. Al dejar de tocar, me levanté del suelo y rompí a andar hacia ningún lugar con el pensamiento de que nunca vislumbraría una luz al fondo del túnel. La embriaguez me hacía ver el mundo un poco distorsionado, tenía la boca seca y pastosa. Por las calles del centro, el tráfico era fluido. Yo andaba ensimismado por las aceras, sorteando a los peatones, masticando la nada, enloquecido por el dolor y la bebida. Todo olía a los pescados y el marisco a la plancha de las marisquerías, a los puestos de golosinas y helados, a la grasa y el humo de los vehículos, al pan de las panaderías y al perfume dulzón de los plátanos y las moreras y de la brisa que traía al centro la esencia del mar. En el cristal de los edificios de oficinas se reflejaba la luz del sol, fuego sobre diamante. Le di una moneda a un mendigo tullido y él me sonrió dejando sus mellas rojas al descubierto y entrecerrando los ojos. Si no hacía algo, podía terminar como él, vistiendo andrajos y oliendo muy mal, durmiendo sobre cartones y tomando sopitas calientes en los albergues para pordioseros, pidiendo en las calles para poder comer un poco y beber alcohol para quemarme el cerebro con tal de anularme un poco. ¿Cómo podía luchar contra ese destino? "Si al menos tuviera valor –me dije en silencio–, las pastillas y el alcohol no duelen; dicen que te entra mucho sueño y cierras los ojos y te dejas caer en un negro abismo". Me senté en un banco para descansar y me quedé mirando el saxo; había sido mi vida, ahora, una huida de la realidad. La brisa secó el sudor de mi piel, paladeé para notar un gusto agrio en el paladar. Estaba acabado. Tras el paso de un par de minutos, me levanté del banco y continué mi odisea. Entonces, como tenía ganas de beber más alcohol, entré en un café elegante en el que se recitaba poesía contemporánea algunos viernes por la noche y pinchaban lo mejor del jazz y del funk de la época. Me orillé al fondo del mostrador y pedí cerveza. Y más cerveza. Pasaron los minutos. Quería enterrar mi dolor bajo una capa de irrealidad. Una mujer bonita de mediana edad y mediana estatura que vestía tejanos y una camisa blanca de anchos bolsillos entró en el local y se sentó frente a la barra a mi lado. Su cutis olía a crema hidratante de almendras y su voz, al pedir, me pareció muy dulce. Se pidió una pinta. Yo la miraba, allí, sola en un mundo cruel, con esos labios carnosos que dejaban manchas de carmín en el borde la jarra, su cabello largo y castaño lleno de brillo y sus ojos rasgados que me expresaban una paz ilimitada, y como a esas horas la música sonaba muy baja, no pude reprimirme. Empecé a tocar el saxofón para ella. En un principio, la bella mujer esbozaba tímidas sonrisas con las mejillas sonrojadas; pero tras el paso de un rato, al ver que no la dejaba tranquila, no pudo disimular su enfado. –Oye, no he querido ser grosera contigo. Pero ya está bien, déjame en paz. No me gusta ser el centro de atención de la gente, mira, todos nos están mirando. Sin embargo, yo seguí tocando para ella Take Five. Su reacción fue muy temperamental. –Ya está bien, mamarracho. Además, no sabes tocar. Mis labios se convirtieron en mármol que rodeaba la boquilla del saxo. Pero seguí tocando, seguramente, notas desafinadas. En estas, el barman, un tipo joven y fornido y alto con pinta de boxeador de baja estofa, al ver el numerito que estaba montando, se acercó a nosotros y me cogió de la pechera. –Oye, borracho de mierda, vete de aquí y no vuelvas más, porque si vienes, te machacaré la cara de tonto que tienes. Todos nos miraban. Algunas voces. Y luego silencio. La mujer para la que había tocado el saxo tenía el rostro crispado; pero al ver cómo me caían las lágrimas, sus ojos se llenaron de compasión. –Lo siento, me he precipitado. He actuado de este modo tan irreflexivo porque lo estoy pasando muy mal. Puede que tratara de recuperar mi vida. Dejé un billete de diez encima de la barra y salí del local con el saxo bajo el brazo. Otra vez lo mismo, andar hacia la nada, beber en otros bares, llegar a casa haciendo eses y acostarme pensando que la muerte, algo tan temido y tan tabú, se convertiría en un delicioso alivio. Mis pasos eran los pasos de alguien que no sabe qué hacer con su vida. Al ver una papelera, tiré el saxo dentro y unos metros más adelante, llorando, maldiciendo haber nacido, doblé una esquina. Llevaba recorrido un trecho cuando oí que una voz gritaba a lo lejos a mi espalda y entonces, tras secarme las lágrimas de los ojos y la cara con la palma de una mano, me volví para ver a la mujer que un rato antes se había sentido molesta conmigo. Ella empezó a correr, llevaba mi saxo en una de sus manos. Al llegar donde yo estaba petrificado como una estatua, me ofreció el instrumento. –No lo quiero, además, según tú, no sé tocar. –Cógelo, por favor, he sido muy cruel contigo y te pido sinceras disculpas. Yo a veces también he pasado malas rachas. Te comprendo. –Nunca volveré a tocar. –Pues ahora, lo que más deseo, es que toques para mí. Toqué para ella los mejores temas del mundo, allí, en la acera, ante la mirada de todos. Ella cerraba los ojos y sonreía con un candor que conmovía, maravillosamente, mi alma y mi corazón. Al dejar de tocar, caía la noche. Nos fuimos caminando al espigón para hablar tranquilamente de nosotros. Poco a poco se me fue pasando la borrachera –a mí se me pasan pronto las cogorzas– y experimenté la placentera sensación de despertarme de una atroz pesadilla. Me dije en voz baja que aún amaba a Jennifer, pero que mi vida debía seguir su curso. En el espigón, nos sentamos sobre las rocas mojadas y salpicadas de espuma de mar y empezamos a hablar. Sus palabras cerraban muchas de mis heridas. Había pasado más de una hora y seguíamos en el espigón. Había estrellas en el cielo. Las olas golpeaban la negra piedra: PLAF, PLAF, PLAF. Se alzó la luna llena del fondo del mar creando una blanca estela sobre las aguas tranquilas. La brisa le llevaba a esa hermosa mujer los cabellos a la cara que se apartaba cada cierto tiempo a manotazos. Cuando acarició mi mano, sentí en mi piel el calor del amor. Nos besamos. Al acariciar su senos y desabotonarle la camisa, besé su canal y su garganta repetidas veces y ella gimió consumida por el fuego de la química y el deseo. Luego le bajé el sostén, que le realzaba los pechos, le besé los pezones y puse mi mano derecha en su sexo para notar en las yemas de mis dedos un tibio calor tras la tela de los vaqueros. Ella seguía gimiendo como una loca. Sus pezones se habían endurecido entre mis labios, tenía la piel erizada. Tras rodearme con los brazos, dejó caer la espalda sobre las rocas y yo me puse encima de ella y seguí con mi mano en su sexo y mi boca en sus senos firmes y medianos. Mientras se bajaba los pantalones y las bragas y yo me quitaba la camiseta, no podíamos dejar de temblar como niños. Luego me bajé los vaqueros y el slip y la penetré besándole el cuello, los pechos, la frente y la boca, que sabía a carmín y cerveza. Al empujar, tenía la impresión de estar penetrando en el infinito; su corazón latía salvajemente bajo mis labios que parecían arder, sus movimientos me trasportaban a otros parámetros donde la vida no vale nada si no se ofrece el amor como tributo, si no se derrama la ternura gota a gota sobre el mar de lo invisible. El influjo de la noche era magia, las estrellas nos bendecían. Sus muslos estaban tensos y yo le pedía que tratara de relajarse, su vientrecillo de uva se movía con lentos movimientos, su boca me entregaba el éxtasis. Preso en su embrujo, me había convertido en su esclavo y, diciéndole palabras cariñosas, empujando hasta el fondo, quería también hacer temblar –pues le temblaban los labios– su elevado espíritu. Ni siquiera el oro que ha conquistado el corazón de reyes y Papas hubiera supuesto tanto lujo para mi ego. Cada uno de sus gemidos y gritos ahogados era una bendición, y cuando se le escapaba un jadeo, yo suspiraba sintiendo fundirme en ella, en su piel, en su carne, en su alma. Empecé a gemir suavemente y me contuve para no eyacular tan pronto, dentro, en las entrañas del volcán. Ella me besó una nejilla para que yo notara en mi tez la humedad de sus labios. –Así, así, como un campeón, creo que me gustas demasiado. Puedes correrte dentro, sé que no estoy ovulando –susurró en mi oído. Al erguir la cabeza un instante y mirar a lo lejos, en el mar, vi las luces de un crucero. Una ola más alta que las otras nos salpicó de agua salada y espuma al estrellarse contra las rocas. La brisa, el amor, la inmensidad. –Hace unas horas, mi vida estaba acabada, y ahora, sin embargo, todo vuelve a tener sentido para mí –le dije valiéndome de un hilo de voz, encima de ella, moviendo el trasero, besando una piel tan pura como la de una virgen. –Ahora más fuerte –me pidió con voz entrecortada. Empecé a empujar con más ímpetu y ella llegó a gritar de placer y de dolor. El amor era una nube que nos envolvía. Su carne trémula estaba húmeda de sudor, le besé otra vez, aunque frenéticamente, los firmes pechos y los duros pezones. Ella se corrió primero, con palabras de agradecimiento, y en breve, yo experimenté la sensación de que me desintegraba dentro de ella para volver a nacer de nuevo. –Me llamo Carmen. –Yo Oscar Wolf. Por cierto, no nos conocemos de nada y no hemos tomado precauciones. –Tranquilo, no tengo el sida, infecciones venéreas ni ningún tipo de hepatitis. –Yo tampoco –reí despacio. Me hice a un lado, me puse de pie, me subí el slip y los vaqueros, me subí la bragueta, me abotoné y me ajusté la correa. Ella seguía acostada de espaldas sobre las rocas con la camisa desbotonada, los pechos al aire y las bragas y los pantalones bajados, todavía la respiración agitada. –No sé –me dijo–, aunque acabo de salir de una separación, podríamos intentarlo. –Sí, claro. –Lo que mal empieza, no siempre termina mal. Mañana a las diez de la noche en la terraza de la Misión del barrio chino. Ponte guapo para mí. Me voy a mi casa, que no está muy lejos de aquí. ¿Me acompañas hasta la puerta? –Bueno. Carmen se levantó de las rocas. Ya se había abotonado la camisa y subido las bragas y los vaqueros. Rompimos a caminar alejándonos del espigón. Mientras me hablaba, yo le puse la boquilla al saxo. Tenía que ensayar muy duro, pues pronto volvería a tocar en los locales nocturnos y seguro que ella vendría a verme actuar. A lo lejos, sobre el castillo árabe, se vio el colorido de unos fuegos pirotécnicos.