Autor: Jesús I. Callejas

Fuente: https://www.polseguera.com/writers/writing-283_de-la-fauna-literaria-y-sus-polluelos.html


De la fauna literaria y sus polluelos

Por Jesús I. Callejas

En la Ciudad del Sol, achicharrada desde profundamente dentro por las vengativas, y no por ellos banales masturbadoras de la mediocridad, frenetizados aspirantes a escritores campean en cafeterías y restaurantes donde organizan escandalosas peñas de pomposos nombres -por ejemplo, cualquier tugurio es llamado Ateneo o Centro Cultural- en las que se consumen silvestres infusiones. Esta vez era diferente: un recital en la universidad más prestigiosa. Entrada libre, aunque controlada por riguroso servicio de seguridad, y delicado refrigerio. Si se trata de universidad refrigerada importante debe ser. La veleidosa cebra que impartía allí literatura, destacando en copioso y vario establo, tras harto ejercitar la controversia de opiniones, había renunciado a transgresores coqueteos y rebuznos de provocación, por lo que era al fin reconocida, aceptada en el sistema. Lapidario lo establece el dicho: No se puede estar en misa y en procesión. O: Estás con nosotros o contra nosotros.


El búho miope -usaba lentes de los llamados “transitions”, que obscurecen al contacto con el burdo paisaje tropical y se iluminan en renacentistas búnkers- se aburría: decidió asistir. El búho que leía a Schopenhauer, Hesse y Camus, misántropo y bohemio búho consejero de la gallina revirada, cosmopolita viajera, talentosa cuentista y acuarelista de colorido plumaje, su compañera de correrías estéticas, ausente durante la temporada por encontrarse visitando la Iglesia de Nuestra Señora en Brujas para ver, entre mucha anciana arquitectura, la Madonna de Miguel Angel; sí, su fiel amiga gallina de modelito Gaumont-Chanel en la palabra y mordaces cacareos, o aleteos. Entró en galas el búho: chaqueta y corbata de lazo, y se encaminó al neoclásico anfiteatro universitario con el ladrillo Parerga y Paralipómena bajo una ala y su escondida botellita de Chablis en la otra. El búho era supersticioso y precavido: El que no cree en dios debe al menos llevar un genio bajo el brazo y, para evitar quedarse corto, siempre es oportuno cargar alcohol escondido a tales sitios debido a la “ejemplar” contención báquica de los académicos.


Los “escritores” atestaban el lugar; se movían abejorreando y repitiendo sus mántricos pío píos en todas partes del salón de eventos que fungía como tertulia precalentamiento donde exhibir habilidades; hacerse notar bajo el forzado pretexto de espontáneos homenajes a la cebra triunfadora; no obstante, había algo más que, en los rumores de la noche, atravesaba éter provocando casi portentosas emociones. Similar al anuncio en un servicio funerario de que el muerto no está muerto o que el poeta nacional postrado a través de las décadas iniciaría levitación. El búho primero se topó abigarrado conjunto: seis poetas costumbristas mal descongelados por inmisericorde Rodin, que atendía, niños perplejos o coro sin riñones, las directrices de una jirafa de mohicana cresta, enfundada en cobija con semáforos que, inesperada decretó: ¡Seré poeta, porque los poetas no nacen, se fabrican! ¡Atención bardos! One, Two, Three… Arrancaron los espantosos alaridos entre palabras contrahechas y un cólico estomacal emitió bramidos. Los camareros, mayormente alces y gacelas, peligrosamente mareados, a duras penas conservando el equilibrio por las cacofonías o letanías interminables, no paraban con sus bandejas de reclutas aperitivos y soldados vasitos de vino aterrados ante el desembarco del Día M que esperaba en barbáricas fauces peores que el “fuego griego”.


Alrededor del salón vislumbró el búho un mandril de azabache barba, verdosa mirada y madura lujuria, que le resultaba conocido, persiguiendo, Harpo Marx sin su corneta, a juguetona turba de esnobistas féminas compuestas por empolvadas urracas y buitres que, aunque resistentes al principio, sucumbieron a los “poéticos” halagos de la viril estirpe. Cuando ellas dicen NO quieren decir SI, aseveró el experimentado mandril y procedió a extender el alcance de sus largos, velludos brazos alrededor de montañosos senos. ¡Vaya cordillera de tetas y valles culos! Entre las urracas identificó el búho a la de cien profesiones, la que, si no quince, anhelaba por lo menos cinco minutos de fama. Lo contempló fugaz, aunque desdeñosa, y atendió al aprendiz de sátiro.


Iban y venían los cargamentos de copas. Ni la Liga Hanseática hubiera desarrollado semejante diligencia itineraria. Ubicado en el centro del remolino, inquieto giraba el canguro redactor de sagas criollas, el que titánico había publicado treinta y cinco títulos de cinco mil ejemplares cada uno y cuyo placer supremo consistía en “obsequiarlos” como los panes y los peces. A menudo entregaba a la ocasional víctima libracos repetidos, pero se le perdonaba cariñosamente, pues lo que cuenta no es la literatura, no, sino las buenas intenciones. Comenzó llevándolos en carretilla transportadora de cemento, pero agotado por decreciente aliento muscular y hernia se decidió por su valija marsupial para proseguir tal empresa. Competidora en excesos, la grulla narradora de crónicas y genealogía ornitológica, prolijeaba anécdotas, corazoncito corintelladesco durante estancia en cúpulas, campanarios, tejados, nichos, ventanales de afrancesado colonial. Mis nobles ancestros viajeros…, comenzaba sin tregua al apoderarse de la palabra, es decir, de los graznidos. Su marido componía odas-establos bajo la inspiración de San Disney. Grupúsculos seguían creciendo en medio de la confusión.


Más allá, o más acá, según usted se encuentre ahora y no después de leer estas líneas, un sesudo mapache nibelungo, cigarrillo en mano que le mesaba cabellera revuelta pero escasa, ordenaba letras pirotécnicas lanzando bocanadas calculadas. Versos y reversos de humo circunvalando el aire: Estoy haciendo historia. En el extremo de su mesa un oso marca Mujik-Moloch, de los de antaño, revisaba papiro de esotéricos traspiés, mientras le preguntaba confuso una vez y otra: ¿No demora mucho el recital? Sí, respondía el mapache abstraído y sin alarma de molestia. Pero ya que aún no termino de pulir estos hexámetros experimentales no tengo apuro. El búho centro su mirada en el caimán, caimana en realidad, la cual se impacientaba extrayendo con anormal frecuencia su creyón labial, daba chasquidos de mandíbulas lampareras, y antes de derramar falsas bujías salinas efectuaba guiños sicalípticos y amagos de besos lengueteros sin provocar la menor atención de fluidos. La caimana, diplomada en periodismo e influyente articulista del gran diario citadino tenía justa reputación como devoradora de testículos: macho que abordaba su lecho castrado se apeaba. Frente a ella, apostada en otra mesa, acechaba su peor enemiga: la temida pitón maquillada, periodista “independiente” y viuda negra trituradora vocacional de diletantes.


Los componentes -morsas, pingüinos, flamencos, cigüeñas, perezosos- de la orquesta sinfónica arrancaron barrocos con Bach, prosiguieron clásicos con Mozart y para cuando la copas de vino habían provocado más que suficiente euforia atracaron en el puerto de los impresionistas con Debussy al frente. Los tres compositores se revolvían indigestos en el Templo Más Allá. Tras rápido acomodo de mobiliario efectuaron su entrada los perínclitos miembros de la directiva: el encobartado elefante presidente de la Universidad Zoológica para el Estudio Globalizado de las Humanidades; la vicepresidenta hipopótama; el rinoceronte jefe de la bamboleante Cátedra de Literatura; tres atildados profesores nutrias, respectivamente especializados en Religiones Comparadas, Historia de la Filosofía y Semiótica. El cortejo se completaba con el caballo que encabezaba la codiciada Cátedra de Arte, el águila teológica, el burro pedagogo, el avestruz filólogo y legión de burócratas mosquitos. Les acompañaba el mejor amigo de la cebra: el siempre sonriente león de verso blando; su “asistente” la impecable leopardo, epítome de la feminidad: no mancha corrida de su sitio en la mullida piel; y demás felinos menores.


El búho, fuera de lugar, presto estaba a la retirada cuando llamó su atención un puma con mochila de la cual extraía vino camuflado en caja con llave de pileta y sintiendo inesperado arranque de curiosidad decidió acercarse a la mesita bajo palmas en el sextante fronterizo, a escasas pisadas del salón. El visiblemente contrariado puma exclamó: Esto no comienza y se me está terminando la provisión de vino; me siento como náufrago. ¡Qué cantidad de “plásticos” y pedantes! Los que no andan recitando mierdas son transformados en clones con laptops. Estoy a punto de largarme… Si no fuera porque sirven de material para mis trabajos… El búho, mediante fulgurante panorámica, percibió entonces a los zombis digitales ocultos en el reino de las sombras teclear sin furia pero con obstinación ante las pantallas que deformaban cuales cocuyos de potencia sanguijuela los embrutecidos rostros. Una recua petulante, en efecto. También estoy aburriéndome más que en casa, agregó cansado por las várices de naranjeadas patas, en lo que el puma lo invitó a tomar asiento y le ofreció una copa de su ingenioso alambique portátil. En la segunda ronda, el búho inició un monólogo titulado La mala leche que me provocan los cretinos y lo cretino que me siento entre cretinos sin mala leche, a lo que el puma asintió. El búho no dejó de avistar al solicitado maestro chimpancé, celebrado por su alucinante técnica “Pintar de culo al lienzo”, acompañado de una chic faisana patrocinadora.


Comienzan a llegar los “eruditos consagrados”, y señaló ocultando con especial habilidad la copa hacia los poetas e intelectuales amigos de la cebra: tejones, mofetas, puercoespines y culebras. Sitio especial para el halcón mesiánico. Hay cierto aire de misterio… Aclaró el puma: Secreto a voces. Van a someter la candidatura de la cebra al Nobel. No puede ser… Sí; el asunto funciona como simulacro de recolección de votos. La cebra profesor, usando el recurso populista llamado democrático exhibe dotes coribantes y con la prensa y los académicos de su parte empuja fuerte en la dirección del galardón. Puma, pero qué influencia pueden tener estos animalejos en algo que compete a la ponderosa academia de lagartos en Estocolmo… El quid no es ése; se trata de un juego publicitario en favor de nuestra cloaca de ciudad… Además, no te engañes; esos lagartos y su agenda internacional… ¡Sería un “palo” que la Universidad Zoológica para el Estudio Globalizado de las Humanidades consiguiera con la cebra anotarse su primer Nobel!, y el ave nocturnal sorbió buche bajo el siguiente asterisco: ¿Qué tiene esto que ver con la escritura decente? Pero, aquí falta el tigre poeta; escudriñó en cada ángulo. El puma murmuró entre buches: El tigre es mi amigo y no se presta a estas patrañas. Le he dicho que sea más flexible, que se lo tome a jodedera, pero no hace concesiones ni tiene sentido del humor. Es un marginal, un cojonudo que, a diferencia del león siempre con su séquito, tiene el coraje de enfrentar la soledad y se caga olímpicamente en chismes y calumnias.


Siguen arribando; alertó el búho. Veamos con detenimiento… Oh, ahí llega el hedonista zorro con su harén llevándole la cola-capa. Estuvo perdido todo el año dando la vuelta al mundo en ochenta golfas. Brevemente alzó el puma su atención y volvió a fijarla en el receptáculo de vino. Comentó el búho: Su harén ostenta ejemplares de todas las especies, y qué manera de soltar billetes en propina; es casi un potentado sibarítico proclamando: Me arruino mientras gozo, pero no me importa. Y de paso hundo a quien invada mi onda magnética, lo cual me importa menos. El zorro y su corte avanzaron desenvueltos. ¿Es artista?, se oyó al puma indagar sin dejar de bregar con la provisión de vino. No, que va; sólo un vanidoso aficionado mitómano que se las tira de rebelde socialista pero le encanta moverse en círculos burgueses. Con visaje incrédulo, el puma apuntó por segunda ocasión sus focos visuales hacia la puerta. ¿No me crees? No es eso, búho; estoy impresionado por otra causa: ¿quién puede ser esa criatura de fascinante plumaje rojizo que acaba de hacer majestuosa entrada sin escolta? Ah, es una carpintera del linaje de las Picidae. Su reputación escultórica y habilidad para las instalaciones de “arte” están en boga. La verdad, no entiendo el alboroto: llevamos casi un siglo en lo mismo y el rancio vanguardismo se ha hecho clásico. Ella se especializa en picotear mármoles y granitos en cuanto palacio le franquea puertas; y en ejecutar peligrosos agujeros con metáfora anunciada desde el comienzo para que el público -que asegura entender aunque nada entienda- sepa de qué trata el asunto y pueda aplaudirla libre de equívocos. Han ocurrido graves caídas en varias de sus “novedosas” perforaciones… Evidencia la carpintera un sentido del amontonamiento paranoide que le debe bastante a René Magritte, pero sin ápice de su bello alcance metafísico; ni siquiera socio-político. Según rumores está planeando picotear hasta derrumbarlo el Partenón y colocar sobre sus escombros el esqueleto de una lavandería con perchas vacías.


Discurso y presentación. Recital. Del escenario vivamente iluminado en abovedada nave ascendió tarima de aguas en ajetreo leve y apareció la cebra varón sobre una concha en la postura de la Venus de Botticelli, ocultando su pata izquierda la pudenda zona rayada y la derecha, partiendo desde el corazón sugería que los poemas se convertirían saetas hacia el auditorio, mientras la ondulante cabellera de cepillo se enredaba entre dientudos versos. Los delfines saltaban ruidosamente en alta poceta semicircular. Hienas y chacales rodearon a la cebra soplando sin descanso y colocando sobre su desnudez una capa de magenta terciopelo, en tanto una manada de lobos arribó marchando para coronar de laureles las sienes del poeta renacido. El cavafisiano y yoguístico, declamando para sí amoroso y ajeno a la veneración del vulgo -ovulantes veteranas adictas a la crónica dominical, almidonados abogados con ínfulas literarias, “yuppies” preocupados por evitar el ridículo de gesto traicionero-, con enjambre de reumáticas neosirenas-musas a sus pies en posturas de estatuas berninianas, cuyas escamas, según diría la margarita deshojada, se desprendían entre “me quiere y no me quiere”. Al sobrevenir el tercer poema la cebra sacudió sus flacas patas otorgándole dramatismo al desenlace de la estrofa cuando la escama final cayó y la rubia sirena reina, sonetista a martillazos, sollozó expandiendo discreta boca papagayo: ¡No me quiere! Las restantes neosirenas, una bruja gitana modelo Hansel y Gretel Nuevo Milenio; una aceitunada ornitorrinca de licenciatura narizona y rima pedestal bajorrelieve marcada Soy la mejor, que sonrió alzando cuello despectivo; una erótica embajadora de pubertad-motriz precoz; y, ¡ah!, aquella foca terapista de agujas inyectadas en sí mismas mediante páginas vacías ad infinitum, decidieron oblicuar espinazos en dramático homenaje. Algún intento orgásmico por aquí y un exitoso bostezo por allá. En el momento cumbre los ánimos se revigorizaron al sobrevenir los sugestionantes, inesperados tronidos de Carmina Burana, dramáticamente enfatizados por ojos en blanco trance de la cebra al pronunciar el final verso de su canto y las inmolatorias convulsiones de que eran víctimas las neosirenas. Discretos lacrimeos se filtraron en la atenta audiencia: Es sublime nuestro Narciso… Este año no hay quien le arrebate la nominación… Cuánto me alegra que rectificara sus majaderías… Los aplausos catarata estremecieron el salón, intentos conmovidos se apreciaron en las genuflexiones e inclinaciones de la cebra.


Tragó el búho dos sorbos titulados ¿Dónde carajo me he metido?, y Me amarillean los iris ante la diarrea, aflojando el opresivo lazo, pasando a otra área del pabellón selvático. Señaló el puma: Observa. Ahora que la cebra parece exhausta por toda esa simbólica charada montada para congraciarse con la junta, anunciarán la candidatura y echarle más leña al frenesí, desfilarán un rato con liberaloide, “exquisita” barahúnda, saludarán sonrientes y partirán llevándose a la “estrella” de tan fina velada dejando atrás hasta a las lánguidas sirenas. Porque a la “mística” cebra le gustan las cachorras… Así ocurrió. El otro meneó las puntas del plumaje en la cabeza y apagó cilindros oculares desfasados mientras limpiaba sus gafas que pronto regresaron al podio estabulado sobre pico tímido: Cuánta miseria, puma, cuánta miseria. Roto el encanto: Sirenas metamorfoseadas en saltadores peces contra la bahía merluzera.


Oye, puma… ¿Sí? ¿Y aquel cisne solitario que garabatea al final del salón? Ah, se apresuró a explicar el aludido; bueno, ella es diferente; de las poquísimas poetas verdaderas que conozco. Esa dama afortunada y gentil nació con versos estampados a fuego sobre la frente. Los becerros locales se niegan a darle reconocimiento porque no choca con la realidad, es ingenua, dicen que está loca y, para colmo, no es aduladora. Vive en el universo de la poesía, del ensueño y la magia, diría yo. Fíjate, ni sabe lo que pasa alrededor; pero no por vanidad, sino porque la fragua inspiradora no le ofrece tregua. Se comenta que en ocasiones despierta en plena madrugada presa de la angustia para anotar lo revelado durante el sueño. El búho aleteó y sorbió de la incansable botellita: Entonces no está loca. Es vehículo del numen poético; una incomprendida. Tiene más lucidez que los aquí presentes porque ha recibido el privilegio de trascender inmaculada el estercolero vivencial. Agregó el puma: Se casó con un egocéntrico, amargado pato poeta que la descalificaba y regañaba continuamente. Frunció cejas el búho: Bueno, el problema con los patos es que todos quieren ser poetas. Míralos allá pavoneándose… Preséntamela puma. No hoy, búho. Dejémosla que siga concentrada en su trabajo. De acuerdo, otro día será.


El puma comenzó a alistarse para la partida: Me disparo otro vaso de vino, que por cierto, ya escasea, y me retiro al cubil para rellenar el tanque, ver películas épicas y hojear libros de pinturas. A propósito de literatura, búho, escribo cuentos. Yo también… Si deseas acompañarme eres bienvenido. Te agradezco; mejor la semana próxima, pues aún quiero rondar por aquí observando congregados… o descongregados. Se levantó el puma: Toma mi número telefónico. Y tú el mío, dijo el búho observando desconfiado a las resentidas sirenas que comenzaban laberíntico tejido a tres agujas. Voy de salida. Suerte, puma. Lo mismo, búho. Este, agarrando su Parerga y levantándose con dificultad emprendió paseo por el salón que, pese a la ausencia de los elegidos, seguía animado. La ebriedad provocaba, más que impúdicos, grotescos efectos, sobre todo en especímenes que antes habían escapado a su atención: el cerdo astrónomo copulando en tapicería lejana con la caguama bizca, sapiente bibliotecaria universitaria; la cervatilla estudiantil masajeando la cremallera del chivo decrépito que se creía docto del ensayo linguístico; la desconfiada ardilla punk historiadora vomitando bilis por su descontralada afición a los licores dulces o cordiales; la orgiástica koala de prosa dizque lírica persiguiendo al  mandril que se escurría con tres de sus admiradoras rapiñeras.

 
La noble vaca le comentaba al gato hacedor de anagramas sobre su próximo montaje de una tragedia de Eurípides, mientras un perro novelista muy galante, acompañado por su esposa, efectuó saludo de copa al búho que, reconociéndolo de algunas lejanas tertulias, correspondió elevando la suya, abastecida por la botellita milagrosa, e inclinando deferencioso la testa plumaje refulgente. El perro es un real caballero, de los pocos que dignifican el vapuleado gremio. Siguió durante un rato cansado periplo rectangular y decidió que era suficiente de presenciar insensateces, así que sin mirar atrás la ola de cal que pasaba dando pellizcos en las frontales talladuras enfiló en huidiza busca o pulmones caricias de palmar. Sorteando insultos automovilísticos conducidos por inanimadas formas ganó la acera opuesta y siguió autocoloquio calle abajo dejándose llevar, listo a emprender vuelo, por la marea del espumoso vino heraclitiano.


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