Autor: Jesús I. Callejas Fuente: https://www.polseguera.com/writers/writing-133_karla-volvic.html Karla Volvic Se hacía llamar Karla Volvic, pero nunca se supo de dónde procedía. Al despertar, Karla Volvic gusta de mirar por el ventanal enorme. Dicen que es una castellana criada en Hungría o una húngara criada en la península ibérica; dicen que es polaca por línea materna; la dicen bisnieta de una afamada condesa rusa -¿sería la Balikoff?-, célebre por construir un inmenso palacio a orillas del Mar Báltico y enloquecer súbitamente durante la guerra de Crimea; dicen que nació en Haití de padres italianos. Se dice que domina, con fluidez extraña, quince idiomas; que ha leído más de cien mil libros; que ha frecuentado a Shaw, a Galdós, a Djuna Barnes, a Celine; dicen que escribe poesía en sánscrito, en latín y en griego clásico. Dicen que no es capaz de amar sino algo que no existe. Karla Volvic aparece en 1925, en el club aún llamado Riviera Pool. Al desplazarse, su volátil figura descomponía el paisaje de modo curiosamente tangible y una muy leve sensación de inquietud permeaba los ojos de la mañana esclarecida. No sabemos si ha asesinado libros y mobiliarios, si ha asesinado sus propios pensamientos. Dicen que sobrepasa en belleza a Louise Brooks y a la sueca denominada Garbo. Dicen que en ella todos sus atributos son lo mismo, pues mirar su boca es tan extasiante como mirar sus manos o mirar sus palabras, aunque sin saberlo, al contender entre razón y fe, la cabellera inmaterial aparenta estar e irse. Karla Volvic es gorgónica. Un francés se jactaba de haberla poseído durante una jornada irrepetible y aseguró experimentar algo más que a ella; sintió haber viajado a través de una galería desvariante, mientras su cúpula de placer intuía ideal desprendimiento. Días después, el hombre apareció entre los pinos de la playa portando el ropaje de una muerte feliz. Se culpa a Karla, pero no aparecen pruebas de suficiente enjundia para definirla como una asesina. Karla Volvic está despierta y mira detrás del ventanal; sustrae a los muros las heridas de la lluvia. La brisa empaña las sedas del lecho gigantesco, en el que no reside cadáver alguno. La mucama deposita el servicio y se retira sin alzar los años que en su rostro habitan. Karla Volvic, sentada contra sus propias piernas, mira por el mudo ventanal hacia los jardines, hacia el agua almacenada en los océanos. El agua no pertenece al mar; lo utiliza cual recipiente generosamente disponible. En efecto, la antigua mansión fue adquirida por varios industriales armenios, pocos lustros después de la partida. Karla sólo viste los ínfimos anteojos que todos ignoran, pues los lleva cuando lee. Ahora Karla absorbe el cauto silencio que en la habitación se esconde y baja hasta la cocina clarificada por la vegetación interior, donde pasea sus manos entre las tesituras del festín nocturno. Se inflama de gusto al husmear en las especias, en los escurridizos aromas y el collar perlado se estremece. Al salir carga al gato más pequeño y lo deposita en un almadraque turquesa. Mientras conduce el auto descapotable, dice que sus gatos le recuerdan a Henri Rosseau. La boca es casi inconmovible en los susurros del camino. Un hombre espera con un pie en el estribo del Dusenberg hecho auto en necritud descomunal. Una mujer sonríe y mira vagamente el terciopelo en sus zapatos. El hombre agita ambas manos. El timón se tuerce imperceptiblemente y el terciopelo se hunde en los abismos del pedal. Los cristales del gran auto crujen y la sangre salpica en horizontal llovizna. El impacto es amortiguado por el vapor cuando el agua se derrama atrofiadamente. El torso del hombre sobresale fraccionado y los ojos no parecen sino flotar hasta otro cuerpo. La palanca rechina al retroceder, mientras la carne cruje y el auto se incorpora a la vía libre de obstáculos. Detiene suavemente el auto y abre la guantera. El revólver emerge reluciente y una mujer mira el coche otro desde el espejo retrovisor. El cuerpo derrumbado muestra el pie en el mismo estribo. Una mujer se aproxima lentamente a la ventana trasera del vehículo herido; atisba a otra mujer, ésta de rubicunda cabeza, escondida temblorosamente. El brazo se hace erecto cuando desesperadas palabras trascienden el umbral de la ventana destrozada. Dispara y ve caer a otra mujer. El revólver se acerca, se apoya en la sudorosa sien. Otra mujer herida la mira estática, sin agudos balbuceos. Una mujer silba Pompas y circunstancias, y aleja el revólver que no deja de apuntar a la frente. El segundo disparo aparenta transportar un eco interminable. Una mujer conduce de regreso y entrega el auto al mecánico que habita en su confianza y quien dispone de piezas y herramientas justificativamente usadas. Sin manchas aparentes, la blanca ropa es lavada y el revólver destrozado y fundido en una caldera a varios kilómetros de allí. La investigación, como invariablemente, es eludida con plausible elegancia. En su biblioteca y ataviada en blanca seda, Karla Volvic lee. La cocinera oscila la cabeza apesadumbrada y la mucama calla; el gato permanece adormilado bajo el cíclico abanico. La cena de esa noche se dispone en homenaje al violinista Van der Hayden, de tránsito hacia New York. Karla Volvic se enciende con las abluciones sociales, mostrándose aguda en sus dilucidaciones sobre filosofía positivista; está junto a Van der Hayden y gélidamente da por terminada una conversación sobre escalas pentafónicas, inesperadamente convertida en desagradable polémica. En la madrugada, Karla duerme las indispensables horas. Nada decide, porque la visión a través de la ventana enorme, electrifica sus letales pupilas adormeciendo las disímiles ansias que viajan sin olvido. Karla Volvic se hastía; lee, bebe, come, viaja y se hastía. Sus amigos son aparentes y nadie ha rebasado una ocasional jornada de amor difuso entre sus pliegues. La gente la acusa; no obstante las justificaciones patológicas para tales culpas son simplemente indiscernibles, vagamente aparentes. ¿Factores traumáticos, tara hiperbolizada? Cierto es, además, que exiguos son los fundamentos cronológicos aportados. Pese a todo, una discordante pesadumbre se refracta en sus ojos inviolables. Tampoco se sabe cómo pudo obtener una fortuna no menos que impresionante, y cuya espectacularidad se manifiesta en cientos de millones y en un boato confusamente afrentoso. Mucho se dijo sobre tan singular mujer. Se habló de sus vínculos con cierto príncipe de Bagdad, accidentalmente envenenado por un pescado contaminado traído de la isla de Shikoku, en Japón, y extravagantemente aderezado por un chef catalán apodado "Dalí". Ningún ademán luminoso filtróse para amortiguar las dudas sobre su indefinible conducta pública. Karla Volvic, según lo mucho que se especulaba en torno a su errática trayectoria, casó muy joven con un diplomático alemán y se trasladó de Berlín a los negros bosques de Baviera. La inmensa fortuna de su prestigioso marido fue consolidada, se decía, durante la República de Weimar, y se afirmaba, de modo reticente por cierto, que aquél se benefició considerablemente con las dispersas actividades de ciertos fabricantes de armas, en tratos con varias células bolcheviques. La fortuna de Karla, a pesar de esto, sobrepasaba la de su influyente cónyuge. Cierta inesperada mañana el glacial berlinés se esfumó, tras emprender una cacería exasperante, y no apareció sino dos días después, espantosamente destrozado por sus propios perros. Se dice, con abulia perniciosa, que en su heteróclita residencia, Karla Volvic mantiene tres pastores gigantescos de pelaje lobuno. Karla Volvic está a merced de la ventana enorme, intentado vagar por los aviesos pabellones del sueño. Se habla en estos días del inesperado infarto sufrido por el violinista holandés durante su concierto neoyorquino. Concierto en C menor de Vivaldi. Al sobrevenir el allegro, las cuerdas del instrumento, en su mutismo ritual, laceran el caudal nastiásico de la aterrada flauta. Se comenta que las verdes ansias en la mirada del virtuoso se empañaban a medida que la sofocación del concierto tornábase monocorde. Intentó romper el consistente nudo que estrangulaba sus quejidos, pero congestionado cayó en un derrumbe helado, prescindiendo del auxilio de su mano ocupada en dominar la inutilidad del vencido arco. El expectante silencio generado por la sala, le parecía más sobrecogedor que su desesperación. Sólo percibió focos invariables que aparentaban trasladar rayos enloquecidos de un sitial a otro, entre colores divergentes. Su cuello quedó libre de configuraciones yuxtapuestas en el desplazamiento de la gente y la desarticulada visión del concierto se hizo turbia hasta extinguirse, cuando intentaba gritar. Van der Hayden no usa lentes o engrifadas venas en el largo cabello; es moreno y descendiente de un olvidado héroe de los Tercios de Felipe II. Otra vez se culpa a Karla Volvic, quien a esa hora mira más alla del ventanal. Se la llama "La Borgia de la bahía", de modo avieso, que no mordaz. El saber de cierta reunión literaria en la noche siguiente, entusiasmó a Karla. Un dulzón aroma de mortecino perfume le insinuaba efigies no definidas, aunque entronizadas entre sí, que concurrían en el símil de un hombre tácitamente extraviado. Parecía más blanquecina que usualmente. En el vestíbulo percibióse influida por algo verdaderamente extraño en el cúmulo de sus emociones diarias, por lo que volvió al recibidor y ocupó una butaca sin levantar de los alfombrados pasos los antílopes de su mirada. El desconcierto ante sus propias lágrimas la empapó de terror. Permaneció así durante los estragos de un segundo imaginario -como todo segundo-, y de pronto ordenó un brandy. Recompuso el óleo de su cara y observó a través del ventanal. Bebió pausadamente, y su mirada hurtó la definición total a la sala y a los muebles. Todo se transformó en su mirada fijamente abandonada y los colores secos del lugar portaron el matiz de sus ojos. No color, sí una aproximación a las ausencias, una aproximación a lo que prefiere ser imaginado. Nada lograba cuando permanecía quieta intentando viajar desde el mismo estado mental, nada conseguía al ingerir sustancias de radical itinerario. Cambió su vestuario; iba de negro y conducía con tranquilidad, observando la crepitación de las olas en contornos de salada anunciación. Desvió el auto hacia la playa y soltó el volante. La desértica arena crujía con la sinceridad de los nobles minerales en la apoteosis de la consumación universal y ella se abandonó a la quietud del movimiento. Armónica configuración de fondo y forma, escurridiza síntesis. Felicidad sin el subterfugio banal de aspirar a la felicidad, único filtro que hace enloquecer a los mortales. El final no importa, es llegar lo apremiante, susurró y al abrir los ojos percibió un atardecer de rojizas flamas estallar entre las negras fraguas de los pilares celestiales. Las olas de tenue divergencia morían renaciendo contra las llamas del auto y el sonido original se remontaba sobre la furtiva espuma de la precocidad nocturna. Su mano abandonó la palanca de cambios. El auto era abismado más allá de las arenas deambulantes, cuando recordó la cita. Salió a la carretera y el ruido ensordeció asonancias en las gaviotas adyacentes. Su cara era espectral, pero profundamente compasiva. Sin detener el auto volteó la elusiva cabeza, una vez más, y le pareció ver que frente a sí, ella subía en el mismo auto por una nube perpendicular hacia un sol prodigioso, mientras los pabellones del cielo se derrumbaban entre el humo absurdo de su fe. Pensó en el hombre apócrifo y sin esperar, quebrantó el lugar. La lisonja ataviada con el jaez de treinta reptiles deslizóse sobre su remota piel y la soledad fue acentuada por los saludos de la gente. Ella conocía de la reputación de excéntrica mesenas que anticipaba su presencia en cualquier sitio, otorgándole casta mítica; sabía que el atractivo que generaba su inusitada fortuna derribaba cualquier barrera que interpusiera desconfianza entre ella y los parásitos de la cultura utilitaria. Aduladores retóricos, la halagaban rencorosamente tanto como la temían. Sentada en el más recóndito paraje, se hastiaba de la gente; le gustaba exprimirla, juguetear con ella, matarla dentro de sí y sumergirse en el letargo llamado aburrimiento. El desprecio ya no era entretenido. De pronto se produjo un intercambio de caóticos postulados y varios meseros irrumpieron con apremiantes bandejas de aperitivos. En la confusión, un poeta de pálida estatura y desaforados ademanes, subió al entarimado y leyó ignorando a los congregados. El poema resultó ininteligible, no sólo por la escasa atención que el murmullo generalizado le brindó al intruso, sino porque la lectura se efectuó de modo soterrado. Inesperadamente, Karla Volvic pareció regresar de una jornada circunferencial y percibió al poeta. El hombre la atisbó con sed en la mirada, sabiendo que nadie mas intentaba advertir lo que expresaba. Tras escucharlo, ella pagó su trago, se encaminó a la puerta y allí se volvió para reconocerlo con interés alucinado. La gente no había dejado de observarla, aunque demostrara lo contrario. Muchos hubieran deseado abordarla, pero la férrea cortesía de la inescrutable mujer, creaba un dique de gelidez que sobrepasaba las formalidades impuestas. Al salir pensó en todo lo que recogieron sus ojos ávidos de indagación vital. Recordaba inobjetablemente lo sucedido, incluso con aquello que menos interés le merecía. Se propuso no regresar al sitio. Todo le era ajeno. Ya no existía un ámbito en el que pudiera sentirse temporalmente feliz, ni siquiera en el conformado por la conjunción de la ventana con sus ojos. En los subsecuentes días, Karla Volvic olvidó lo referente a la tertulia. A la semana, los ojos escapaban por el candil de la gran ventana, cuando el poeta de verso mudo explotó entre sus sienes. Le sorprendió el recordar a alguien cuyo poema fue incapaz de evaluar justamente, pero tal vez, supuso, el no saber lo que el papel transportaba con letras ajenas a su comprensión, era precisamente lo que ofrecía mayores incentivos a tal curiosidad. Pensó en el hombre durante el día; obsesivamente recordaba las articulaciones de un texto desangrado en el vacío, ansiosa por beber el contenido de las letras inmoladas. Estoy ahí, estoy en esos signos; lo sé. Karla Volvic quedó a solas. Esa noche, la extraviada navaja se empapó en las termales de su hermana la sangre provisora; el hombre y la mujer aparecieron profanados de rojo y germen en la playa, a varios metros del centro de reunión de la tertulia. La ocasión presentóse idónea para considerar la posible vinculación de Karla Volvic con el crimen. No fue inculpada. Decidió regresar al antro de intelectuales. Los ojos de Karla eran violáceos y de mármol era la palidez de su sonrisa; el castaño de cabellos imprecisos tras las ondulaciones del andar tornóse memorable. El poeta entró tambaleándose y ocupó una pequeña mesa al final del salón. Ajeno, solitario, denotaba trastornos en su comportamiento público, acentuados por una desorbitada afición al licor. Los colores de la desidia; la aceptación insoportable. El poeta consumió media botella de oporto con precipitación jadeante y cerró los ojos, en lo que miraba hacia la lluviosa playa por el sucio cristal de una ventana contrahecha; sonrió y apremió otro trago. Una sonata desgarrada sobrevino, lloviendo generosa provisión de aguas, mientras la lectura proseguía con inalterable ánimo. ¡Otro trago! Alguien requirió del hombre de pequeña estatura algún poema, pero éste aseguró encontrarse allí por el simple propósito de embriagarse. Nadie me ama; estoy borracho, dijo. Karla se levantó; el objeto de su visita se disipaba infructuosamente. El hombre, cuya mirada se mantenía alejada de la mesa, percibió las intenciones de Karla Volvic. Se cayó con torpeza cuando ella pisaba el último escalón que la conducía a la calle. La vio subir al auto y supo que sí no gritaba desesperadamente no la vería nunca más. El motor retumbó y ambos gritos se perdieron al unísono en las mazmorras del silencio. La mujer esperó y el hombre caminó despacio, temiendo profanar los secretos del mojado pavimento. El poeta le entregó varios papeles, deplorando el escandaloso comportamiento de los que frecuentaban el lugar y retirándose dificultosamente. Karla lo miró con atención inexplicable. Quizás nos veamos, dijo. El cabello estalló peligrosamente y la mirada profunda taladró sus sensaciones, permaneciendo allí. El poeta tembló, ripostando: Y si no, ¡me importa muy poco! La peligrosa voz de Karla se derritió sarcástica: Ya veo. Propuesta y verificación, sabiamente ejemplarizadas. El poeta gritó ensoberbecido: ¿De qué hablas? Los escribí por ti, sin conocerte. ¡Quémalos, bruja! ¡Ya nada me importa! Karla condujo hasta las cercanas arenas; detuvo el auto. Allí caminó el amanecer, leyendo primero los papeles, escrutando hacia el firmamento después. Anocheció y hubo luz. El poeta desapareció aquel día, para sorpresa de colegas indirectos quienes lo consideraban un sedentario a ultranza. Increíblemente, también Karla Volvic dejó de ser vista en las porciones de la ciudad tibia. De lo acaecido, no mucho más puedo aportar por ser tan sólo un cronista de aval menesteroso. Todo fue minuciosamente cuestionado, sin embargo lo único comprobable, es decir, carente de justificaciones enigmáticas, es que la mansión permaneció serenamente clausurada, hasta ser vendida. 21 de octubre del 2005