Autor: Volskiervers

Fuente: http://www.polseguera.com/writers/writing-890_malabarismos.html


Malabarismos

Un hombre caminaba tranquilamente con su perro por el campo la sierra, paseaba y tarareaba una melodía. Evidente que estaba contento.
De pronto, advirtió una bicicleta tras unos árboles, como si estuviera abandonada; o quizá no, porque... alrededor no se veía a nadie. No se la veía descuidada, no mostraba oxidación. No llevaría mucho tiempo allí…apoyada en uno de esos árboles.

Se tomó la libertad de...

La cogió decididamente, sin ningún miramiento, desatendiendo a la incuestionable y reconfortante cautela. Se la llevó a su casa. Y con un trapo la desempolvó un poco, pues no hizo falta más.

Aquel acto le activó el recuerdo, el pasado, ni siquiera el de la adolescencia sino el de la infancia, tiempo ha que no subía en... bicicleta.

Recordaba las frecuentes caídas, recordaba las molestas heridas en las rodillas, recordaba el temor infantil de esas heridas en los codos, las rodillas, las magulladuras, el escozor de las curas más la curativa espuma, el fastidio de la incómoda espuma al curar las heridas más o menos abiertas...heridas que condicionaban la movilidad, la gestualidad.

A este ya adulto caminante, antaño se le apareció una inusual pérdida de interés por la bicicleta, bicicleta que acabó colgada de un gancho en un desván con avispas en verano, calor bajo tejas vigas de madera, y frío, frío chaquetón en invierno.

Recordó cómo el abuelo y tío Eduardo la dejaban allí... puesta en estado de olvido, enganchada al amparo de la falta de atención.

Que la dejadez cargara con el trasto la bicicleta.

Y aquella casa de la infancia, con la olvidada bicicleta en un gancho, se vendió.

Y el otrora...un niño magullado caído, hoy día adulto, no volvió más al lugar.

Se convirtió en hombre ajeno a tal vehículo.

Pero según se dice en el conversatorio colectivo y popular, se dice, que el tiempo cura todo lo que cura, así que años después... mientras paseaba se ha autoproclamado con entusiasmo y falta de cautela, dueño del vehículo encontrado.


En el centro de la localidad vivía un hombre del que era sabido que había sido maestro de escuela, también acróbata en un circo, sí, sí también.

Así que se encaminó hacia aquel domicilio, con una pregunta preparada en el entrecejo a cuestas, no así la bicicleta.

“¡Toc, toc!” Un enmudecido portalón suena a que alguien llama mas busca ser atendido.

Se abre la pequeña puerta insertada en el portalón...

Aquel hombre apareció, el otrora maestro escuela un acróbata, lo recibió atentamente:

“¿En qué asunto puedo ayudarle buen hombre?”

El caminante se mostró tímido..., además, tenía presente que la persona propietaria de la bicicleta podría ser algún habitante de la localidad. Aún así, con ese dilema procedió a: “¿Puede enseñarme a ir en bicicleta?”

El preguntado llevaba un libro, tal vez una antología creada en el pasado, y lentes también llevaba, y dijo:
“¡Sí, por mi parte no hay problema, salvo que… ¿Tiene usted bicicleta?”

El caminante, sin ser demasiado consciente de las consecuencias de lo que hacía respondió esto: “Ah, precisamente encontré una en el monte bosque, mientras paseaba con mi perro que tiene por nombre Destino.”

Y el maestro dijo: “Ah, pues si ya tiene, puedo enseñarle. Tenía yo también una bicicleta pero me desapareció, me la usurparon creo yo. Sucedió unas semanas atrás, y a la postre, he estado unos días ausente, algo de disgusto llevo aún, sí, así es.”

Pasaron las semanas, el hombre, que ya había aprendido a ir en bicicleta, se allegó al toc-toc portalón y dijo: “¡Estoy muy agradecido por el favor que me ha hecho”.
Y añadió esta pregunta: “¿Cómo podría recompensarlo?”

El experto en malabarismos circenses responde así.

“Pues, lamento decirle, pero estos días me he fijado bien, y ahora estoy seguro, que la bicicleta que usted ha traído y se encontró, es precisamente la que me desapareció y...¡Me gustaría recuperarla! ¿Podría dármela?”.

El caminante, aun comprensivo, quedó cabizbajo, triste e impotente también, ante la legitimidad de aquellas palabras del damnificado o perjudicado maestro, pero aún así, sin pensárselo se la entregó, y marchó, llorando plorans marchó.

Marchó apenado, con dudas consigo mismo, con el dilema entre ceja y ceja, por haberse quedado sin bicicleta, por haberse creído dueño de la bicicleta.

Marchó bajo los auspicios, a veces desagradables de dudar de sí mismo, se alejó con la lentitud del caminar, un caminar sin demasiado ánimo, con Destino cuadrúpedo allá olisqueando, tierra matorral arbustivo del camino sin pavimentar.

Al cabo de un tiempo, no demasiado, el enseñante maestro malabarista llamó a la puerta del caminante y le dijo: “Le estoy muy agradecido por haberme entregado la bicicleta, he tenido recuerdos de cuando paseaba por estos campos estas calles, han sido muy gratificantes para mí, ¿cómo podría recompensarlo?”

El caminante, con las cejas algo arqueadas se expresó así: “ Pues desde que no tengo bicicleta, mi vida aquí se ha tornado y no sé el por qué, pero se ha vuelto algo tediosa aburrida, y quiero ir a vivir con mi hermana, que vive en lugar similar a este. Pero no tengo medio de transporte, ni demasiado dinero…¿Podría darme la bicicleta para viajar a casa de mi hermana?”

El hombre que había sido acróbata en el circo, dijo con cierto lamento:”¡Si le doy la bicicleta para que usted pueda viajar, me quedaré sin ella nuevamente!”

Entonces el caminante, con actitud pensativa respondió: “ Cierto, seria injusto por mi parte tal hacer, pero no sucederá pues mi hermana, conoce a una persona, se trata de un vecino que quiere aprender las artes de la acrobacia, y allí no puede aprender, no hay nadie que se dedique a ello. De manera que como él tampoco tiene demasiados medios para desplazarse, si usted consiente, al llegar yo allí le entregaría esta bicicleta para que él viaje hasta aquí, le pediré que se la devuelva y a cambio usted podría enseñarle las artes de la acrobacia, a buen seguro tendrían oportunidad para ponerse de acuerdo.
Y como yo aprendí gracias a usted, podré utilizar alguna de las bicicletas de mis sobrinos.”

Entonces, el maestro y el caminante se dieron la mano y acordaron que así lo harían según la simbología del apretón de manos.
Y poco después el hombre que caminaba por el campo y su perro, llamado Destino, se fueron de viaje, a poco más de media jornada en bicicleta, allende...a casa de su hermana.

Y sucedió tal y como cordialmente habían estipulado…

Un día, apareció una persona con la popular bicicleta y buscaba el portalón la casa, casa del maestro para que le enseñara las artes de la acrobacia…
Y allí las aprendió. Ambos se pusieron a trabajar, uno como enseñante y otro como alumno.

Y de esta manera fue como quedaron todos contentos. Uno recuperó la bicicleta, el otro se inicio en los juegos malabares y el otro marchó junto a la familia.