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cuando ha pasado febrero, en estos días de lluvia y olor a tierra mojada cuando llega la noche, comienzo a preguntarme: ¿Por qué si el odio se olvida el amor queda en el alma? Y acude a las heridas como la sangre, cuando nadie lo llama. Y está siempre de paso como el río, con su murmullo de fondo, pero un silencio en lo hondo. Y allí, en lo hondo, en lo hondo del alma, allí se hospeda el fruto del cariño. Y allí, en el fondo, se instala sin maletas, sin ruido y sin saetas, porque no necesita nada, sólo las llaves del corazón. Y esas llaves que roba, esos momentos que anhelas, pero que guardas en el rostro, en las fauces del querer. 2 Ese querer llorar y sonreír al mismo tiempo, esos gritos y susurros que parecen uno, ese mar de contradicciones donde las olas las forma uno mismo. Ese orar a Dios mirando a La Meca, ese puño ensangrentado por coger aquel ramo en el que sólo quedaban espinas. Ese horror, ese deseo, ese sufrimiento y ese anhelo, ese algo en que creer que forma mi propio Credo. Un puñal que mata y sana, una hoguera encendida un hogar en que pasaba todas mis tardes de niño. Clamando, quizá esperando, durmiendo pero soñando, dando vueltas en la cama. Y en una de tantas vueltas, en uno de tantos sueños, en una de tantas noches que pasé mirando al cielo. En una de aquellas vueltas, encontré lo que buscaba. 3 En uno de tantos sueños, clamé por lo que anhelaba. Llegó, sí, llegó, mirando a ver que pasaba; y lloró, sí, lloró, pero agua inmaculada. Nada en la ventana, nada en el jardín, sólo las rosas caídas, nunca tiradas, porque de lo que se cae se recoge, pero lo tirado no vuelve. Tirado, como tiramos, las cartas de enamorados. Tirado, como aquel ramo que fue devuelto a la tierra; porque lo que de la tierra nació a ella ha de volver. Y volvió, al igual que volveremos, al cobijo de una madre. Pero él no tiene madre, solo entiende de ilusiones, de ilusiones que nos saben, a hiel y a granizado. Tiene calor y frío, tiene invierno y verano, tiene vista pero es ciego, es cianuro pero es sano. Es veneno que mata, dispara y esconde la mano, aquella misma mano que acariciaba mi rostro. 4 Un rostro pálido, seco, tal las ruinas del destino, un rostro cercano y lejos, un rostro atrapado. Un rostro cubierto, aunque deslenguado, un rostro, sea como fuere, pero un rostro enamorado. Y salgo a la calle, y él sale a la calle conmigo. Y miro al cielo, y nunca le ocultan las nubes. Nubes que lloran a veces, y otras que tapan los soles, los soles de su cara blanca. Y dicen que es amargo, dulce y suave, huele a hierbabuena, y tiene tacto de ave. Y nunca unos ojos claros habían dicho tanto de ellos mismos, y mirarlos, sólo eso, me llevan a sus abismos. Y se nubla mi cielo, se oscurece mi sol, no me alumbran las estrellas, todo oculta su candor. 5 Y viene el viento, mueve su pelo y sale el sol. Sonríe ella y vuelve Dios, me acurruca en sus brazos y caigo al suelo, porque en el amor sólo hay un trecho entre el suelo y el cielo. El cielo que me guía pero a la vez me pierde, me pierdo dentro de ella, en su perfume, en sus manos, en sus besos tan amargos, en sus miradas tan dulces y en el calor de sus brazos, y anochece más tarde, y ve las estrellas conmigo, y si la noche viene antes, quedan en casa, sin frío, ella y la chimenea. Viene y me sirve de abrigo, mas se va muy de noche, entorna la puerta y sale, y rompe a llorar en la calle. 6 Yo salgo a la terraza, miro y no la veo, pero vuelvo la cabeza y está ahí, detrás, con una sonrisa en la cara, y un puñal en la mano, y en la otra una manzana, una manzana mordida, aunque más que mordida sea herida; herida que no cicatriza, que sangra eternamente, mas no es sangre, es el jugo, de la fruta de la pasión. Fruta arrancada de un árbol, robada pasada la noche, noche en que estuvimos juntos y amanecimos separados. Mas amanecer no cuenta: cuenta sólo lo pasado, y tanto hemos pasado juntos, que amanecí acompañado. |
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