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Soñé con una parejita de ancianos que eran felices, que se amaban. Soñé que, después de pasar casi toda una vida juntos, uno de ellos tenía que partir para siempre, dado que su salud y sus energías habían llegado a su fin. Soñé que, pese a la tristeza que esto producía en uno de ellos, había algo que le causaba una inmensa dicha: haber compartido sus días y haberse amado con todo su ser y sus fuerzas. Había merecido la pena. Soñé que, aunque el viaje que habían emprendido juntos estaba a punto de alcanzar su destino, y la tristeza que esto conllevaba era desesperante, ninguno de los dos se arrenpentía: volverían a surcar el mar del amor y unir sus almas si cupiese la posibilidad de ello. Soñé y sentí que el que se quedaba viviría con el recuerdo del otro y como se decían muy tiernamente que se amaban. Soñé que el tiempo se paraba en aquel momento; y, entonces, percibí lo fugaz que era la vida, pero lo maravillosa que era. Miquel Molina i Diez (miquel@polseguera.com) Escrito originalmente el sábado 21 de agosto de 1999. Actualizado el martes 24 de julio de 2001. Lo dedico a una persona que estaba, pero ya no está, aunque no haya partido de este mundo.
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