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El rincón literario: Los rostros de Sandy
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Un pasadizo oscuro y dos niñas a hurtadillas; el objetivo era la habitación que se encontraba del otro lado, y para llegar ahí y concretar su propósito debían evitar ser escuchadas. Era difícil controlar sus risitas, - si somos descubiertas quedará sólo como una palomillada más de dos mocosas – sin embargo, Sandy ya sospechaba la relevancia que tendría aquella aventurilla en su vida y la repercusión que acarrearía.

En el interior de aquella habitación se encontraba Lucrecia, hermosa como siempre, mostrando su cuerpo desnudo que la mayoría de las veces acostumbraba acariciar frente al espejo, después de encontrarse con las gotas de agua y las burbujas de baño. Lo contemplaba sutilmente, disfrutando su belleza y pensando, a su vez, en las travesuras que le depararían esa noche una vez que su hermana regresara de sus labores para cuidar a su sobrinita y a su amiga, que en aquel momento las tomaba por dormidas.

Del otro lado de la puerta dos corazones latían desesperadamente; una atmósfera de temor embargaba aquellos cuerpecitos de niñas que recién empiezan a descubrir los misterios de su sexualidad; un rostro ruborizado y repleto de graciosas pequitas se acercaba al ojo de la cerradura para contemplar la escena, admiraban aquel cuerpo de mujer, admiraban aquello que en ese momento consideraban perfección y anhelo; observaban ese roce sutil en sus cabellos, la carnosidad de unos labios pequeños que terminaban de rato en rato en una sonrisa.

Años más tarde, un día en que el sol brillaba como nunca y sus destellos alcanzaban las ventanas del salón de clases, Sandy se encontraba en medio de su primer día en la Facultad de Letras; llenaba la última página de su cuaderno con figuras y trazos mientras el profesor, al frente, parecía disfrutar de lo que a todas luces era un monólogo efusivo, adornado con ademanes que creía daba un toque de espectacularidad a su dictado. Pero de lo que Sandy aún no se percataba era de aquella mirada que se posaba sobre su perfil, captando la perfección de sus cabellos oscuros que dibujaban su rostro, y unos ojos inmensos que parecían soñar; captaba un cuerpo de cristal cuya fragilidad estremecía, y unas manos que sostenían su adorable mejilla.

Cuanta distracción en medio de una cátedra universitaria - pensaba Marina, observando a su amigo derritiéndose hasta perder la dignidad; Marina arrancó un pedazo de papel para escribirle y sin pérdida de tiempo él ya conocía el contenido: “sólo una sugerencia amiguito, no seas tan evidente”, alcanzó a leer y no pudo soportar dibujar una sonrisa y pensar cuán malo era para estas cosas. Le llegó otro escrito a su pupitre, el contenido decía: “Piero, espero que no hayas olvidado que estamos invitados al cumpleaños de Milton, y espero que tampoco hayas olvidado tu ropa de baño”.

Cuando le abrieron las puertas a Piero y Marina ya la fiesta parecía haber comenzado; el sol encontraba espacios de sobra para ingresar en aquella residencia y el ambiente era de algarabía y diversión.

- ¡Llegaron los hermanitos! Adelante, pasen y ya empiecen a deshacerse de esas sábanas que traen encima, ¿eh?
- ¿Hermanitos? Ella es el último concepto que tendría de una hermana.
- ¡Eres un tonto, Piero! Y bien que peleamos como tales – Marina irradiaba tanta dulzura en sus palabras - Milton, mi amigo, mi compadre, feliz cumpleaños, hombre – el abrazo, la sonrisa y los regalos no se hicieron esperar; los saludos iban y venían.
- Marina estás muy bella, creo que está tarde será nuestra; claro, con la venia de tu hermano – era Milton quien adulaba, jamás perdía la oportunidad de lucirse frente a ellas.

Los parlantes habían sido colocados de tal forma que se escuchaba con plena nitidez en la piscina, que era el punto de reunión; trajes de baño y chorros de agua cayendo por todos lados era la dimensión que los albergaba; Milton tenía amigas verdaderamente bellas que lucían muy bien sus cuerpos, parecía estar rodeado de ángeles y ello no le desagradaba ni a él ni a Piero, sólo que este último aún no había sacado de su mente aquel nuevo rostro que conoció en la Facultad de Letras.

Marina ya había comenzado con los vasos de cerveza y los cigarros; parecía estar muy contenta a diferencia de Piero quien se dejaba abrasar recostado sobre unas maderas sin gracia y un colchón. El bronceado le vendrá muy bien - comentaba Marina a un grupo de amigas, una de las cuales recién acababa de conocer. Aquella muchacha tan preciosa se llamaba Valeria, quien tras los comentarios de Marina pudo conocerlo; lo que no pudo hacer durante el resto del día fue quitarle los ojos de encima.

Anocheció con rapidez relativa y la fiesta parecía haber cambiado de colores de manera dramática: las efusivas escenas se transformaron en jardines repletos de vómito; unos permanecieron despiertos y conversaban con dificultad, mientras que otros conformaban un pequeño grupo para asistir ebrios y divertirse con aquellas imágenes. Marina no pudo soportar más y cayó completamente ebria; Valeria no atinó sino a sostenerla con un poco de dificultad hasta que Piero llegó en su auxilio.

- Marina, por qué siempre resulto involucrado en tus líos – fue lo primero que dijo Piero cuando se dispuso a reincorporarla.
- Ha bebido demasiado, será mejor que le busquemos una habitación para que descanse – fue la propuesta que nació en Valeria, aunque no tuvo la respuesta esperada.
- Si su madre se entera que no la he llevado a casa me matará – fue la explicación que soltó entre sonrisas.
- Tú eres Piero, ¿verdad?
- Sí, ¿cuál es tu nombre?
- Valeria; soy compañera de Milton en la Facultad de Sicología.
- Vaya, estudias sicología, qué interesante. A Milton también le apasiona la Sicología, no dejaría la carrera por nada del mundo, está en su sangre.
- Emm; y tú a qué te dedicas – Valeria casi no podía contenerse, temía echar a perderlo todo si mostraba siquiera algo de atracción hacia él.
- Soy estudiante; estudio Letras en la Universidad.
- Me consta lo interesante de tu carrera, tengo amigos metidos en ese mundo – Valeria pensó que con haberse enterado de lo que estudiaba, la ternura que aquél hombre irradiaba se habría multiplicado al doble.
- Sí, pienso que es lo que quiero hacer para toda la vida, es algo que me gusta de verdad. Marina es mi compañera de clases, nos conocemos desde niños, somos muy buenos amigos, casi como hermanos.
- ¿En serio?
- Sí, y es gracioso que haga estas escenas; sabes, ella siempre repite a todo el mundo que es como mi hermana mayor y que me cuida; sin embargo cuando hay tragos de por medio soy yo quien debe protegerla.
- Te vas a reír, pero al principio yo pensé que ustedes dos eran novios – Valeria pensó que había tenido una metida de pata con ese comentario.
- ¡Marina y yo novios! Qué ocurrencia, yo no tengo novia aún.
- Bueno, es que fue una primera impresión – por dentro se ufanaba de haberle sacado aquella información. Tal vez le parezco atractiva para haberme confesado aquello – pensó.
- Bien Valeria, agradezco tu ayuda, pero si su madre llama a la casa y ella no está allí a quien castigarán será a mí.
- Qué, ¿la vas a llevar a dormir a tu casa?
- Bu...bueno, eso no representa ningún peligro, en ocasiones como estas terminamos en cama de uno de los dos; Marina y yo hemos dormido en la misma cuna, no tiene nada que temer.
- Hombre, no tienes por qué darme explicaciones.
- ¿Quieres que te lleve a tu casa? Tengo auto y puedo conducirlo, no he bebido en todo el día.
- Gracias, pero no hay necesidad, vivo en la casa de al frente.
Valeria vio como aquel auto se perdía entre jardines y estrellas. Después de un suspiro largo se sentó sobre la vereda y pensó en él. No puede ser – dijo, posando los ojos sobre el suelo – no puedo creerlo, la suerte está de mi lado – una sonrisa cálida adornó su rostro. Piero había dejado caer su portadocumentos.

Ya en casa, Piero había recostado a Marina y la había cubierto; se sentó junto a ella y observó muy de cerca su rostro; se acercó tanto que sintió su respiración, y los olores que desprendía su cuerpo maltratado por la noche. Ay princesa qué sería de ti sin un amigo como yo – fue lo que dijo entre sonrisas mientras cogía sus manos, acomodándolas de tal forma que al despertar no las sientiera adormecidas. Marina tienes unas manos muy suaves – luego posó una cálida mirada sobre el rostro de su amiga – tu rostro también es muy bello – pensó. Después de aquel diálogo consigo mismo quiso acercar sus labios a los suyos, sin embargo el repentino aceleramiento de su respiración lo retuvo, ahora que temía volver a los diálogos, no pudo contenerse – Piero – se repetía a sí mismo – qué es lo que intentas hacer, es tu hermana, no puedes hacerlo – sintió por un momento que la naturaleza misma lo obstaculizaba, fue cuando de pronto percibió un pequeño susurro, tan cercano que su alma dio un salto que por poco terminaría por amilanarlo – Qué sucede bebé, ¿qué acaso no te agrado? – comentó Marina, con un tono sutil de sabor a viento; Marina lo observaba fijamente y no atinaba sino a esperar respuesta...

– Claro que me agradas tontita, por eso siento que esto se me complica mucho.
– Tienes miedo de enamorarte de mí; por qué.
– Marina te quiero mucho, lo sabes.
– Entonces por qué no me das un beso, sería mágico.
– Lo sé preciosa, pero te quiero tanto que no quisiera herirte.
– Todavía piensas en Sandy, ¿verdad?
– Contigo no hay secretos que pueda guardar.
– El amor a primera vista no existe, Piero.
– Lo mismo creía yo hasta que la conocí.

La luz del sol despertó a Valeria; era una mañana de Sábado muy alegre donde los niños gritaban y jugaban con sus perros, y el escándalo que hacían era asumido con placer en los interiores de las casas de aquél lujoso vecindario. Valeria escuchó el llamado de su madre anunciándole que el desayuno estaba preparado y que, como de costumbre, ya se marchaba a cumplir con sus labores; se levantó de la cama y se dirigió directamente a tomar el esperado baño matutino. Entre vapores y espumas empezaban a introducirse en ella las imágenes de Piero, sus ojos, su cuerpo, sus ademanes desprendiendo caballerosidad y porte; recordó también que tenía un pretexto para volver a saber de él, y que lo aprovecharía de verdad. Ya habiendo terminado con el baño corrió los cristales para sacar su mano y tomar una toalla; desde fuera aquellos deditos moviéndose como en un juego, motivaban cierta sonrisa; Valeria se desesperó y no tuvo más remedio que sacar su cuerpo desnudo aunque ello importase llenar de agua todo el lugar. Fue cuando alzó la mirada y vio a Sandy con la toalla sobre sus manos – Sandy, qué haces tan temprano por aquí – preguntó, mientras le arrebataba la toalla para cubrir su cuerpo.

– Nada importante, sólo quise venir un poco antes para invitarte a salir un rato.
– ¿Y a dónde me piensas llevar?
– Tu madre me contó que estuviste en una fiesta en la casa de enfrente.
– Sí, así fue.
– ¿Por qué no me pasaste la voz?
– ¿Después de lo que hiciste? – Valeria sabía que ése no era pretexto suficiente para no haberle avisado.

Después de un silencio breve, que parecía darle la razón, Sandy preguntó...

– Te veo algo extraña, ¿acaso sucedió algo en la fiesta que me interese saber?
– Sí, conocí a un hombre muy simpático.
– ¿Un hombre?

Por los exteriores de la casa se escuchaba la bocina del auto de Piero, quien se dirigía a casa de Milton a preguntar por los documentos que había extraviado aquella noche. Valeria se acercó para observar si lo que intuía era verdad; se puso una bata y dejó a Sandy sin mayor explicaciones sobre la cama...

- Qué sucede Vale, quién es.
- Espera aquí, regreso en un momento – bajó rápidamente por las escaleras y abrió la puerta...
- ¡Hey Piero, por aquí! – craso error – pensaba - cómo se le habría ocurrido salir en esas fachas, y mostrarse tan desenfrenada.
- ¿Valeria? Oye, pareces recién salida de la ducha.
- Bueno, es cierto, a cabo de tener una, ¿quieres pasar?
- Me encantaría, pero primero tengo que solucionar un pequeño problema.
- Yo lo tengo.
- ¿Perdón?
- Yo tengo lo que buscas.
- No me digas que lo encontraste.
- Así es, ven, entra, te invito una cerveza.
- Bien, no sabes qué gusto me da que lo hayas encontrado.

Tras atravesar el umbral entre carcajadas, Valeria lo invitó a sentarse y le entregó una cerveza, mientras abría una para sí. En el instante en que anunciaba que iba en búsqueda del portadocumentos, Sandy se adentró en la sala para conocer a aquél que conversaba con tanta familiaridad con el ser que más quería en el mundo, entonces fue cuando las miradas se entrecruzaron y nació un repentino silencio que Valeria no pudo explicarse; fue entonces cuando Sandy empezaba a llorar por dentro, sintiendo que una tímida desesperación nacía y pronto se manifestaría en una reacción externa que creía no podría controlar; lo que Sandy hizo al ver el rostro de Piero fue lanzar una mirada fría y congelarse en un rostro adusto, que incluso siendo tal, no afectaba su belleza en lo absoluto. Piero, por el contrario, sentía como la alegría lo embargaba y se hizo mil preguntas que en segundos encontraban miles de respuestas; cómo el destino podría haberle puesto a Sandy frente a él; por qué estaría ella en aquella casa. Valeria, sin embargo, sintió mucha confusión al ver cómo Piero observaba a Sandy con tanto misterio. Sandy volteó hacia ella con el mismo gesto frío y dijo – Valeria, voy arriba para tomar un baño, podemos hablar después - Sandy retrocedió lentamente y caminó hasta la segunda planta; una vez en el corredor corrió a encerrarse en el cuarto de su amiga, dejándose caer sobre la alfombra, de rodillas, mientras recostaba ambos brazos sobre el filo de la cama, escondiendo su rostro entre ellos y llorando rodeada del aire caliente de su respiración.

En medio de una absoluta confusión, Valeria no soportó más y crecían en ella las ansias de inquirir sobre las reacciones que se habían suscitado. Piero no pudo entender por qué Sandy se habría marchado sin ni siquiera regalarle un hola, que para él hubiese sido suficiente; no la pudo entender y se perdió entre especulaciones. Fue entonces cuando Valeria comenzó a hablar.

- Qué te ocurre.
- Nada; aquella era Sandy, ¿verdad?
- Sí, ¿la conoces?
- Estudiamos en la misma clase.
- Pero y si estudian en la misma clase, entonces por qué no se quedó a conversar con nosotros.
- Eso mismo digo.
- Toma, aquí tienes tus documentos.
- Ah, sí; te lo agradezco.
- Veo que no estás con muchos ánimos para quedarte a conversar; ¿acaso Sandy te hizo algo?
- No, en lo absoluto. Perdóname Valeria pero me tengo que ir.
- Bien, lo entiendo; ¿volveremos a vernos?
- Eso sin duda.

Una vez que entendieron que ya no había nada que decirse, Piero se acercó a su mejilla y adornó su confundido rostro con un beso, luego lo único que ella pudo ver era a un Piero embrollado y triste que se marchaba en medio de preguntas a refugiarse en su soledad.

Valeria al entrar a su alcoba vio como Sandy lloraba desconsolada, se acercó y se arrodilló junto a ella; la tomó por la espalda con una mano, y luego fue subiendo hasta tomar sus cabellos, llenándola de tiernas caricias para calmar aquél llanto del que todavía no encontraba explicación.

- Qué sucede, pequeña, por qué estás tan triste – fue la pregunta que hizo con una voz que se asemejaba a un canto de cuna.
- ¿Cómo pudiste enamorarte de él? – Valeria se sobresaltó al escucharla, no se imaginaba que había sido tan evidente al manifestar sus sentimientos al punto de que Sandy lo descubriera.
- Veo que contigo no hay secretos que guardar; sí, es cierto, Piero me gusta, pero no sé si todavía lo que siento por él es amor.
- ¡No puedes enamorarte de él! ¡No puedes! – sus palabras salían con desesperación, como un grito silente en medio de lágrimas. Valeria estaba consternada, no sabía qué pensar.
- ¿Por qué lo dices, preciosa? – preguntó, mientras su mano se deslizaba por sus hermosos cabellos oscuros.
- ¡No puedes!, ¡No puedes!... – la idea de perderla la llenó de ira, fue entonces cuando la perversidad se aglutinó en sus palabras – Ése tal Piero abusó de mí...

Milton se encontraba en la azotea de su residencia haciendo gimnasia cuando se percató, por una de sus ventanas que daban al exterior, de la presencia de su amigo. Abrió la ventana, lo llamó de un grito y en menos de un minuto ya se encontraban ambos, aunque aún en silencio, con un vaso de vodka bien cargado.

- Hombre, dime qué es lo que te ocurre – Milton soltó la pregunta más obvia por lo que Piero no tardó mucho en contestar.
- Milton, amigo, tengo el corazón destrozado.
- Piero Rivas tiene el corazón destrozado, pero quién es esa mujer que ha puesto en jaque al hombre más codiciado.
- Es una compañera de clases en la Facultad.
- ¿La conozco?
- No sé si la conocerás; es amiga de Valeria.
- ¿Te refieres a aquel angelito que estudia conmigo y que se acaba de mudar hace poco a esta zona?
- Sí, la que vive enfrente, acabo de estar en su casa.
- Vaya, hombre, tú no pierdes tiempo; oye, la única amiga que le conozco a Valy es Sandy. ¿No te estarás refiriendo a ella?
- Sí, es de ella de la que estoy hablando.
- ¿Pero cómo pudiste enamorarte de ella?
- ¿Qué es lo que me tratas de decir, Milton?
- Oye, te conozco, sé que sólo te atrae su físico; sé que ella no es para ti.
- No me conoces lo suficiente.
- Piero, no me explico como has podido enamorarte de ella tan rápido.
- Yo tampoco puedo explicármelo, sólo lo siento; son sus ojos, la tristeza que irradia lo que me mueve el corazón.
- Amigo, no voy ha dejar que escape el vate que llevas dentro hasta que me expliques mejor las cosas.
- No, tú dime por qué es tan malo que me haya enamorado de ella.
- En ningún momento he dicho que esté mal; te digo estas cosas porque tuve un incidente muy extraño con ella el otro día.
- ¿Qué incidente?
- Verás, te contaré; Valeria tiene una tía que viene a visitarla de vez en cuando, creo que se llama Lucrecia, sí, así es; yo estaba en casa de Valery cuando de pronto llegó, se sentó con nosotros y empezamos a conversar; la pasamos tan bien que se nos ocurrió alquilar una película, y pasamos una tarde estupenda comiendo y bebiendo sobre la alfombra. Ya de noche nos sentíamos algo movidos por el alcohol, encendimos la radio y nos pusimos a cantar, fue cuando Sandy llamó a la puerta; la hicieron pasar y le invitaron una cerveza, Sandy se reía de lo borrachas que se encontraban sus amigas, pero cuando me vio sobre la alfombra cambió las sonrisas por un rostro frío; me la presentaron y yo quise acercarme para darle un beso en la mejilla; me sorprendió tanto su reacción, de pronto retrocedió y empezó a decirme cosas, que no iba a dejarse besar por un borracho y que me largara de la casa. Yo me molesté tanto con ella que decidí marcharme; Valeria se acercó y me dijo que la disculpara que no podía explicarse el por qué de su comportamiento; yo, por supuesto, lo entendí todo y le dije que lo olvidaría, que iba actuar como si nada de eso hubiese sucedido.
- ¿Dices que puso un rostro frío?
- Sí, y por cierto fue el rostro frío más bello que he visto.
- Lo mismo me sucedió a mí.
- Qué, ¿también te rechazó por borracho?
- No, sonso, yo también pude verla en ese estado de ira; lo que no me explico es por qué.
- Vamos, Piero, no se necesita ser sicólogo para darse cuenta que es una persona radicalmente celosa.
- ¿Tú crees?
- Sí, muchas personas actúan de esa forma porque sienten celos.
- Es cierto.
- Pero también existen muchas clases de celos.
- He oído de eso.
- Sí, los que siente una madre al ver cómo su hijo besa a una muchacha, o los que siente el esposo al ver a su esposa pasándola bien con un extraño.
- O, como en el caso de Sandy, los celos que producen el ver cómo sus amigas se divierten con otras personas.
- Tal vez los celos de Sandy se deban a otros móviles.
- Milton, no estarás insinuando que...
- Sí, tal vez Sandy esté enamorada de Valeria, y no quiere que ningún hombre se le acerque – esa fue la conclusión a la que arribó Milton; en ese preciso instante el timbre sonó – Espera un segundo, voy a ver quién es.

Piero se encontraba sobre el mueble, atónito, ensimismado; bebió un sorbo más y se recostó sobre el sofá de terciopelo pensando en cada una de las palabras de Milton, y en el rostro de Sandy, a quien no se pudo imaginar con una desviación. Percibió desde ahí unas sonrisas, y los saludos de bienvenida de Milton, tan emotivos, haría evidenciar que se trataban de personas que le habían caído de sorpresa. Una de ellas era Alejandra, que había sido la novia de Piero en la escuela; fue un romance de infancia; nunca terminaron, sólo un día desapareció sin dejar rastro a continuar con sus estudios en Europa. También venía con ella Fernanda, su hermana mayor; lo único que recordaba de ella era de aquella ocasión en que uno de esos juegos tontos de niños la obligó a besarlo en la boca, y que después de aquel incidente dejó de molestarlos a él y su hermana como “niños enamorados”, como se acostumbraba a esa edad.

Milton no había confesado la presencia de Piero hasta que las invitó a la sala; fue entonces cuando se entrecruzaron las miradas; Piero no podía creer la belleza que deslumbraba Alejandra con el cabello corto; sin embargo supo actuar con sorna, sólo sonrío y expresó un saludo que pareció muy frío al principio. Alejandra, sin embargo, no pudo contenerse y se abalanzó sobre él, recostándose en sus hombros, y sellándolo con marcas de labial en su rostro, expresando la alegría que sentía de volverlo a tener consigo; confesando que lo había esperado durante todo ese tiempo.

- Hey, Piero, qué haces recostado ahí – preguntó Fernanda con cierta ironía.
- Lo que pasa es que el hombre estaba siendo sicoanalizado – fue la respuesta de Milton, con el mismo sarcasmo; mientras Piero ponía un rostro de piedra.
- O sea que es cierto que ingresaste a la Facultad de Sicología – comentaba Alejandra, recostada al lado de Piero; tenía sus manos juntas apoyadas en su cuerpo y un lado de su mejilla se acomodaba muy cerca de su pecho – Por qué me miran así – preguntó Alejandra al verlos a Milton y a su hermana disfrutando de la escena, mientras Piero seguía con su cara de piedra.
- Hey Milton, ¿no te parece que siguen haciendo una linda pareja? – inquiría Fernanda.
- Pero Fernanda, si aquello fue ya hace muchísimo tiempo. Oye y por cierto, qué es lo que traes en aquella bolsa, ¿eh?
- Bueno, traje un poco de helado; les parece si nos lo servimos ya mismo.
- Sí, sí – Alejandra no perdía tiempo cuando de postres y alimentos en general, se trataba.
- Podemos ir a la piscina si gustan – proponía Milton.
- Es una buena idea – concluía Fernanda.
- Pero no hemos traído ropa de baño – apuntó Alejandra, pícara como siempre.
- Nosotros seremos justos con eso, ¿verdad Piero? – Milton lo decía con mucha gracia, pero su amigo parecía vacilar.
- Sí, sí – aquella forma de entonar su afirmación empezaba a tornarse característica en Alejandra – entraremos todos peladitos.
- Ustedes ya no tienen solución – finalizó Piero.

La noche ya estaba muy entrada; Milton se encontraba en la piscina platicando con una Fernanda romántica, que escuchaba con más corazón que oído las palabras que soltaba quien ese momento era anfitrión de aquella reunión de placer. En el borde de la piscina, Alejandra había tendido una toalla, y se encontraba recostada al lado de Piero, ambos completamente desnudos, observando un cielo nocturno y nebuloso.

- Bebé, por qué has estado tan callado – Alejandra por lo general era una niña muy alegre, pero también sabía cuándo ponerse seria en una conversación, cuestión que ponía de manifiesto su madurez - ¿Y esa sonrisa? ¿Qué es tan gracioso?
- ¡Qué seria! – endureció su voz como para hacer una parodia a lo dicho por Alejandra.
- Piero, amor, parece como si mi llegada hubiera desequilibrado algo en tu vida. ¿Es así?
- Bueno, ha pasado tanto tiempo.
- Lo sé, lo sé; pero yo sigo sintiendo lo mismo por ti.
- Alex, por favor, sólo teníamos doce años.
- Tratas de decir que ya no sientes nada por mí.
- Estoy confundido, tal vez nunca sentí nada por ti.
- Eso no te lo creo, Piero, tanto tú como yo sabemos que era amor lo que sentíamos. – Piero se sobresaltó después de aquel comentario, se puso de pie muy molesto y tomó sus ropas de la camilla.
- Qué demonios te ocurre, Piero; ¿es así como me recibes después de ocho años sin vernos?
- Tú lo has dicho, fueron ocho años desde que desapareciste del mapa sin ni siquiera despedirte de mí.
- No sabes lo duro que fue para mí separarme de ti – las lágrimas empezaban a brotar por sus blancas mejillas.
- Sí, ni una llamada de teléfono; siempre tuve que depender de terceros para saber de ti.
- El simple hecho de escuchar tu voz me hubiera hecho declinar, mis padres no me lo hubiesen perdonado jamás – después de aquellas palabras, Alejandra se cubrió el cuerpo con la toalla y se introdujo, notoriamente furiosa, a la sala. Fue entonces cuando Fernanda se acercó donde Piero.
- Piero, acabamos de llegar esta mañana al país, ¿sabes qué fue lo primero que hizo Alejandra al salir del aeropuerto?
- ¿Qué fue lo que hizo?
- Tomó el primer taxi que encontró y fue a tu casa a buscarte.
Milton se acercó donde ellos y les propuso entrar a la casa para olvidar lo acaecido y calentar sus cuerpos con una buena botella de vino. Sin duda accedieron; ingresaron parcamente y se acomodaron en los sillones. Piero se acercó muy despacio para acomodarse junto a la pequeña Alejadra, que todavía se encontraba muy triste. Milton sirvió el vino; luego se acercó donde Fernanda y le dijo al oído que lo mejor sería dejarlos solos para que conversaran con mayor calma, y poner de una vez por todas sus sentimientos en claro.

Alejandra parecía haberse convertido en aquella niña de doce años en medio de un escenario que se acercaba mucho al de su primer beso; Piero la sujetó de sus frágiles hombros, y con el corazón lleno de confusión le dio la vuelta y se perdió entre sus labios; fue como el primer beso, estaban perdidos en aquella dimensión, no querían pensar en nada, sólo un mundo para ellos dos y muchos recuerdos. Cómo será de incomprensible el amor que nos hace perdernos entre luces, sueños y estrellas.

En medio de la noche, Piero dormía profundamente y Alejandra no podía quitarle los ojos de encima; ella realmente estaba enamorada, había esperado tanto tiempo para tenerlo así, a su lado, y se hizo una promesa: jamás lo dejaría, ya no más. Se acomodó para sujetarlo y acariciar sus cabellos, cuando sintió de pronto que su sueño se perturbaba y empezaba a susurrar, casi dormido, una palabra, algo, que todavía no podía entender; quería tomarlo por sus mejillas muy despacio como para volverlo a dormir cuando escucho un “Sandy” saliendo de sus labios, que terminó por romperle el corazón.

El fin de semana había concluido; ya se encontraban todos nuevamente por los corredores de la Facultad de Letras, esperando al catedrático que como de costumbre nunca llegaba a tiempo. Sandy apareció un poco más tarde que la primera vez; para ella era su segundo día de clases. Caminaba como las diosas en medio de un mar de miradas, entre ellas la de un Piero confundido, pero que aún sentía el mismo cariño que había entregado aquél día en que la conoció. Sandy se detuvo justo enfrente de él, con la seriedad que la caracterizaba, y sin voltear soltó una pregunta que terminó por confundir a todos los compañeros de clases que se encontraban a la expectativa – Rivas, ¿qué quieres de mí? – luego se introdujo en el aula para abandonarse entre cuadernos y papeles y aferrarse a la soledad que tanto le gustaba. Empezaron las risas y las burlas que los jóvenes acostumbran hacer en situaciones como aquella, y Piero solamente optó por refugiarse en Marina, que también acababa de llegar con unos cuantos libros sobre el brazo que ayudó a llevar hasta el pupitre.

En medio de una interesante cátedra, Piero era el único que estaba distraído, observando el perfil de Sandy, enredado en sus pensamientos y proyectándose a lo que haría en adelante con los problemas que tenía enfrente, el mayor de los cuales era ella. Estaba decidido a concretar - aquél mismo día, y luego de clases - una conversación; sentía que debía dar respuesta a una señal que no sabía si beneficiaba o perjudicaba sus pretensiones. No encontraba sino un sentido incierto, pensaba en qué sería lo que Sandy habría querido decirle: si era una invitación para seducirla o si, por el contrario, fue una sentencia como para ni siquiera pretenderla. Aun así, se puso a ensayar respuestas para cada caso, a fin de que no lo tomara por sorpresa ni tuviera que improvisar una explicación perjudicial para sus intereses, quería ganar aquella guerra incluso antes de que se iniciara, se había convertido en un estratega, en un maestro del taoísmo, en un Sun Tzu enamorado.

Cuando por fin el maestro dio por concluida la sesión del día, los alumnos desesperados se alistaban para abandonar el salón; papeles y cuadernos entraban en las mochilas, torturados por manos presurosas de cuerpos y mentes, igual, presurosos. Piero tardó un poco en guardar sus cuadernos e intentos de poesía revoloteados por su escritorio, cuando se percató que Sandy ya no se encontraba en el aula. No le importó que la mochila se encontrara abierta, exponiendo la pérdida de algunas pertenencias; acelerando el paso y enfocando cada espacio del corredor, comenzó la búsqueda lleno de desesperación e impotencia. Quería gritar su nombre, pero se contuvo; pensó como es que a veces el amor hace quedar en ridículo, transforma y uno ya no es el mismo, y los vientos soplan como brisa de mar y la felicidad embarga como en un estío escolar.

La vio como una sacrosanta aparición en medio de tanta gente que parecía verla inalcanzable, pero cierto es que ella, a pesar de ello, se sentía sola y hasta triste. Fue cuando quiso acercarse y pronunciar una primera palabra, algo que hiciera notar que él se encontraba ahí y que lo único que quería era llegarle con una voz con cierto símil a un canto, a un susurro; quería demostrarle el niño tierno que existía en él y que muchas veces lo dejaba fluir y aquello se notaba en sus expresiones, aunque enamorado la retórica dejaba de ser su arma infalible. Sandy por fin dio la vuelta y pudo verlo, pero justo tras de él se encontraba Valeria, aunque todavía lejos, y no quiso desaprovechar la ocasión de poner fin a lo que había comenzado; ella tenía que deshacerse a toda costa de Piero y la oportunidad se le había presentado.

- Ven, Piero, acércate, no pierdas tiempo.
- Sandy, quisiera conversar contigo, linda.
- No digas nada, sólo ven y bésame.

A Piero se le caían las lágrimas, abandonó sus cosas y se abalanzó sobre Sandy, pero se dio cuenta de que ella no quería recibir el beso porque lo evitaba, y esto lo confundió mucho. Valeria lo tomó por la espalda y ante las miradas atentas su mano se elevó por los cielos y descendió fuertemente para impactar el rostro de un Piero enmarañado en una emboscada...

- No voy a permitir que te acerques a Sandy, eres un enfermo, me das asco.

Por las escaleras dos señores vestidos de marrón se acercaron donde Piero y lo detuvieron. Pronto estaría rindiendo cuentas ante las autoridades de la Facultad y recibiría el castigo por su falta, cuya afrenta estaba duramente sancionada en los reglamentos y disposiciones de aquella institución.

En la tarde Marina se enteró de lo acaecido y se presentó de inmediato en las oficinas del decanato para esperar la noticia que traería su amigo. Había escuchado los comentarios de sus compañeros de clase y de algunos testigos que presenciaron la escena; se enteró de cosas como que habría intentando forzar a Sandy y que en ocasiones anteriores había tratado de abusar de ella. Cuando Piero abandonó las oficinas del decano, su rostro se encontraba lleno de lágrimas; tenía en sus manos una resolución que sentenciaba su expulsión de aquella casa de estudios. Piero se postró en los hombros de Marina y se abandonó en lágrimas como un niño cuyos sueños habían sido cercenados injustamente. Sabía que una disposición así lo imposibilitaría de regresar a aquella institución e incluso ya no podría ser aceptado en otra Facultad.

Sentado en medio de su cama, sintiendo como un fuego por dentro lo iba consumiendo de a pocos. Lo que enfermaba a Piero realmente era la intriga, por qué Sandy habría actuado de esa forma; quería ir a buscarla y pedirle una explicación; pero se contuvo, por hoy era suficiente, no quería más problemas. De pronto su móvil se encendió, sabía que le había llegado un mensaje. El mensaje era de Milton, no quiso leerlo porque ya sabía de lo que se trataría; seguramente se estará compadeciendo de mí, no me gusta que me compadezcan.

A la mañana siguiente abandonó su casa, cansado de escuchar las constantes discusiones de sus padres, aunque esa vez la discusión era por culpa suya. Se sintió tan solo y triste que por un momento se le vino a la mente el nombre de Alejandra; quería visitarla, pero desconocía dónde podría estar hospedada. Del otro lado de la vereda pudo ver a Marina, con sus cuadernos bajo el brazo; recién había salido de la Facultad y parecía como que iba a visitarlo.

- Amigo, no sabes lo triste que me encuentro.
- Oye, ya no me compadezcas más, me lo merecía, fui un estúpido.
- Parece como si no te hubieras enterado.
- Qué ha ocurrido.
- ¡Dios! Qué no te llegó el mensaje de Milton.

Piero encendió su móvil y buscó el mensaje de texto de Milton...

- Piero – decía Marina, en medio de lágrimas - Alex murió anoche.

Las nubes obstruyeron el paso del sol después de aquellas palabras. La mañana se sentía oscura y triste. Se enteró de la muerte de su primer amor, pero no sabía todavía la causa. Inmediatamente fue a casa de Milton para conversar con él y pedirle lo explicara todo detalladamente.

Milton, que se caracterizaba por ser la persona con el rostro más alegre del mundo, se encontraba retraído y triste. Piero todavía no podía creer tanta desgracia hasta que escuchó la voz de Fernanda en un estado de conmoción, gritando desesperada la muerte de su hermanita, a quien obviamente quería mucho y la extrañaría. Se sentía como un rompecabezas al que le faltaba una pieza, un profundo vacío y ya nada importaba más en el mundo que el recuerdo de Alejandra, la niña que toda la vida andaba enamorada, su sonrisa y su típica afirmación; nunca más volverá aquel rostro serio que sólo ella sabía hacer, nunca más volverá a verla en la mesa, arrasando en el desayuno con la mitad de la bolsa de pan y diciéndole te amo mi amor con la boca llena de comida, ensuciándolo mientras lo besaba.

- Amigo, cuéntame, qué le ocurrió.
- Piero prefiero no contártelo, me siento muy mal.
- Pero no me puedes dejar con esta incertidumbre, dímelo, Milton, que fue lo que le ocurrió a Alejandra – Piero lo tomo de la mano, pero Milton no parecía querer dar ninguna explicación, así que tuvo que voltearse para preguntar lo mismo a Marina.
- Marina, dime lo poco que sabes, por favor.
- Piero, bebé, creo que es mejor dejarlo así.
- Pero qué diablos estás diciendo – Piero se acercó y tomó a Marina por los hombres gritándole en la cara y sacudiéndola - ¡Cómo que es mejor dejarlo así! ¿Eres tonta? ¡Dime qué carajo ocurrió! ¡Dímelo, maldita sea! –
- No se sabe que fue lo que ocurrió con ella; la encontraron en el mirador, tenía el cuerpo golpeado y los vestidos rasgados, como si hubieran abusado de ella.
- No, no, no, no puede ser; quién fue el maldito que hizo eso, lo mataré – Fernanda se encontraba en las escaleras y se desplomó en el último escaño; Piero fue y se abalanzó sobre ella para perderse en sus cabellos de cierto parecido con los de Alejandra.
- Fernanda, dime por favor, qué sabes del accidente.
- Estábamos aquí tranquilos en una pequeña tertulia, con Milton, y recibimos la llamada de Marina contándonos lo que te había ocurrido. Alex se sintió muy triste, se enfureció al enterarse que tu expulsión se debía a una emboscada preparada por Sandy. La última vez que la vimos fue cuando salió por aquella puerta, diciendo que iba a ponerla en su lugar. Horas más tarde nos preocupamos y llamamos por teléfono a Valeria; ella nos contestó y nos dijo que no sabía nada de Sandy, que no se encontraba en su casa. Luego de unas horas más recibimos una llamada de la policía diciendo que la había encontrado en el mirador y parecía que había sido ultrajada- después de esa historia triste, Fernanda explotó en llantos.
- Pero Alex no conocía donde vivía Sandy, ¿o sí?
- No lo sabemos, hasta ahora no hemos podido contactarnos con Sandy para que nos diga si Alex llegó a estar en su casa.

Piero abandonó el lugar, cruzó la pista y llamó a la puerta para que Valery le abriera. Lucrecia abrió la puerta y le preguntó qué era lo que quería; Piero irrumpió el recinto y subió por las escaleras rumbo a la recámara de Valeria. Abrió la puerta y la encontró junto a Sandy, besándose, quiso ignorar lo último que había visto y la puso de pie para verle el rostro. Sandy tenía una herida justo en el extremo derecho de sus labios, como provocada por una reyerta y Piero la empujó a la cama y la sacudió a golpes, estaba desentendido, parecía como enloquecido; ni Lucrecia ni Valeria pudieron hacer mucho para evitar los golpes que propiciaba. Hasta que ingresaron Marina y Milton para contenerlo; Marina lo sostuvo y lo calmó, pero las respiraciones y los ánimos eran tales que Valeria se abalanzó contra él y lo tomó de los pelos, empezó por arañarlo hasta que sus prendas quedaron destrozadas...

- Qué te ocurre, por qué maltratas a mi amiga, imbécil; ¿acaso no fue suficiente que hayas abusado de ella una vez?
- Qué dices, yo jamás la he tocado.
- Sí, como no, y qué es lo que acabas de hacer ahora; mira cómo la has dejado, vas a ir preso por esto.
- Qué le hicieron a Alejandra, devuélvanmela por favor, devuélvanmela – ante el descontrol total de Piero, Sandy no pudo contenerse más, vio como lloraba amargamente y sintió que su cuerpo ya no podía más con su existencia. En medio del caos y de la desesperación los rostros se congelaron repentinamente al ver como un ángel se arrojaba por la ventana de aquella habitación que se encontraba en la segunda planta; las cortinas se movieron con el viento, que trajo paradójicamente calma y desesperación y sobre todo una respuesta a las dudas que se habían suscitado entre ellos.

La verdad era que Sandy había tenido un altercado con Alejandra, que había ido a salvar la honra del hombre que tanto quería y que habría sido su único amor. Sandy parecía tan frágil ante una Alejandra histérica y fue por eso que salió corriendo para evitar ser golpeada; ya en el mirador se produjo la reyerta, Alejandra se había lanzado y le había dado de golpes hasta que le profirió uno en el rostro que la hizo sangrar. Sandy sin embargo tomó una piedra y se la lanzó hasta dejarla inconsciente, en ese espacio de tiempo abusó de ella, había rasgado sus vestiduras y la había abandonado así hasta que el traumatismo craneal la dejaría morir. Cuando acabó todo tuvo tanto miedo que quiso esconderse en casa de Valeria, y así lo hizo; Valeria la vio y le preguntó que era lo que le había ocurrido, y Sandy le había dicho que Piero había tratado nuevamente de hacerle daño. Todo esto sin duda repercutió en la decisión que tomó Sandy, no pudo soportar el daño que había ocasionado y no encontró otra forma de aliviarlo que acabando con su vida.

Años más tarde, Piero había logrado concluir sus estudios en la Facultad de Letras, a la que se había reintegrado. La primera novela que escribió trataba de la existencia del amor a primera vista, de Sandy, del amor que sentía por ella; fue algo tan maravilloso para él y tan inexplicable que todavía la seguía queriendo, a pesar de todo el daño que propició: su expulsión temporal de la Facultad de Letras y la muerte de Alejandra. Marina se había convertido en su esposa, la supo querer y respetar, pero nunca le entregó todo el amor que se merecía, iban a tener una hija y él estaba decidido a llamarla Sandy. Había enloquecido.

Dante Alcócer Campos (dantealcam@hotmail.com)

Escritos de Dante Alcócer Campos:




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