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Aquella tarde de finales de agosto, sin saber por qué, Ruth sintió la
necesidad de acercarse hasta el mirador del paseo marítimo, desde el
que se ve el mar hasta el infinito, y sentarse en aquel banco de
madera, robusto y confortable, que solían ocupar ella y Samuel, su
marido fallecido cinco años antes, y contemplar la bellísima puesta de
sol que, como todas las tardes con cielo despejado, era el preámbulo
del anochecer.
Ruth, apoyada en la balaustrada, miraba de soslayo el banco que tantas
tardes, en cualquier época del año, fue testigo de confidencias, de
promesas de amor eterno y, también, de algún que otro enfado…, y no se
decidía a sentarse en él hasta que dieran las ocho de la tarde en el
carillón del reloj del ayuntamiento, como solía hacer con el entonces
novio y más tarde marido, Samuel. Y mientras tanto, arrullada por el
ruido de las pequeñas olas que rompían contra el malecón, siguió
recordando, con emoción y nostalgia, los años de noviazgo -¡qué
jóvenes eran!- en los que, allí sentados y cogidos de las manos, se
decían palabras de amor –en voz baja, susurrante- y, furtivamente, se
besaban con pasión. Hablaban de un futuro, juntos, siempre juntos.
Hablaban de tener hijos: la parejita, decían sonrientes… ¡Al fin, las
ocho! Sonaron, una tras otra, las campanadas del carillón.
Sentada ya en el banco, tan familiar para ella como el del porche de
su casa, tuvo una extraña sensación, estremecedora, que recorrió todo
su cuerpo. ¡Habrá sido la brisa! pensó, y se puso la chaquetita de
punto que siempre llevaba en el bolso o en la mano. ¡Me hace
compañía!, decía con dulzura. La calidez de la prenda la confortó y se
sintió a gusto, arropada, como cuando Samuel la atraía hacia él con
protector cariño. En ese instante todos los recuerdos se agolparon en
su mente. La petición de mano en casa de sus padres, como mandaban los
cánones, nerviosa pero muy ilusionada. El día de la boda, toda la
familia de aquí para allá, con el barullo de los preparativos. Las
amigas, ayudándola a ponerse aquel precioso vestido de novia. Y, más
tarde, su entrada triunfal en la iglesia ¡hermosa y radiante!... Tras
la ceremonia, el banquete nupcial y ¡cómo no! el tradicional vals. Y
las bromas de los amigos. Y el ¡vivan los novios!... ¡Que se besen!...
¡Que se besen!... Qué interminable les parecía todo aquello. ¡Al fin!
llegó el momento de las despedidas, de los besos y abrazos, de las
lágrimas emocionadas… y, de nuevo, ¡Vivan los novios!... ¡Buen
viaje!... Horas más tarde, ya en el lugar que habían elegido,
comenzaría para ellos la tan anhelada luna de miel.
La emoción era desbordante. La mutua visión de sus cuerpos desnudos,
por primera vez, hizo que se sonrojaran. Quedaron inmóviles, dudaron
un instante, y luego, instintivamente, se abrazaron con ternura. El
roce de la piel, era una sensación maravillosa. La excelsa felicidad
de un acto íntimo, de entrega total y armónica, sin condiciones. El
abandono de los sentidos… el sublime e indescriptible placer del amor.
La claridad con la que Ruth recordaba todo aquello llegó a
inquietarla. Pero siguió recreándose en sus recuerdos más íntimos.
Necesitaba evocar los momentos más felices de su vida, como el
nacimiento de sus hijos: Esther y Elías, así los llamaron, siguiendo
la tradición familiar por los nombres bíblicos. Estos hijos, fruto del
inmenso amor que se profesaban, fueron la culminación de su felicidad
y, por ello, daban siempre gracias a Dios. Años más tarde, después de
estudiar sus carreras universitarias y encontrar un trabajo que les
permitía independizarse, abandonaron "el nido" –como le gustaba
decir a Ruth- y se casaron. Les dieron unos nietos preciosos a los
que adoraban. ¡Cómo disfrutaban con aquellos pequeños diablillos! Ya
no podían pedir más.
Pero la felicidad, como todo en la vida, no dura eternamente. Y
Samuel, al que conocía desde que eran unos niños, compañero del alma y
el único hombre al que Ruth había amado con todo su ser, enfermó
repentinamente y, en pocos meses, rodeado de sus hijos y nietos, en
silencio y abrazado a su esposa y compañera ¡único amor de su vida!,
dejó de existir.
Ruth, en aquel banco frente al mar, recordaba lo sola que se había
sentido sin Samuel. La profunda tristeza que se había apoderado de
ella y la melancolía en la que se había sumido en los meses siguientes
al fallecimiento de su esposo. Recordaba, también, como sus hijos y
nietos le hacían compañía constantemente tratando de animarla. Pero
todo era inútil. Nada podía compensar la ausencia del hombre al que
había querido tanto, al hombre que tanto la había querido a ella. No
todo había sido un camino de rosas, discutían y se enfadaban, como
todas las parejas; pero la reconciliación, reconociendo el error y
perdonándose mutuamente, era siempre maravillosa. También pasaron
épocas duras, de dificultades económicas, que consiguieron superar.
Seguía sin comprender cómo puede ser tan cruel la vida… Fueron meses
muy tristes, de llantos interminables. Hoy, ¡precisamente hoy!
-recordaba Ruth-, se cumplen cinco años del fallecimiento de Samuel.
Empezaba a anochecer y la brisa marina era cada vez más fría y
húmeda. La fina chaqueta de punto apenas abrigaba aquel cuerpo de
mujer, todavía esbelto y bello, en el que el dolor y la tristeza
habían dejado, implacables, su huella imborrable. Pero Ruth, instalada
en sus recuerdos, tenía la sensación de encontrarse en un lugar
confortable y acogedor. En su rostro, dulce y sereno, se reflejaba una
gran paz interior…
Las flores, frescas y de colores suaves, sobre la pulida lápida de
mármol gris, acababan de llevarlas Esther y Elías, sus queridos hijos.
Ruth descansaba ya junto a Samuel. Hoy hace un año que, como último
gesto de amor y generosidad infinitos, Ruth se dejó morir en aquel
banco de madera, robusto y confortable, del mirador del paseo
marítimo.
Robert NewPort (newport43@gmail.com)
Enviado el 11 de enero del 2009
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