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Rápidamente las horas se acercaban al momento esperado. El pastor no se veía nervioso. "Señores", decía a las audiencias presente y televisiva, "son las 9 am, en una hora exacta todo se habrá consumado". Desde que había asumido el mando de la iglesia Los que esperan el Apocalipsis, le había imprimido su audacia, pero la última era la más atrevida.

El domingo pasado, con el templo lleno, un estrado con profusión de flores, un coro de 250 personas y transmisión en vivo, se dirigió a la feligresía: "Mis hijos, estoy feliz y a la vez triste. Se preguntarán por qué. Dios me habló y me dijo que para el próximo martes, a las 10 de la mañana, estaré con El, en su seno. Qué alegría no tener que esperar las trompetas del juicio final, no ver el levantar de los muertos. Sí, mi Señor obviará todo eso y me llevará a los cielos. Por ello estoy contento, aunque también compungido porque no estaré más con ustedes; pero el Padre Celestial les envió un mensaje conmigo: si para el día de mi muerte ustedes han remitido un millón de dólares, el Creador permitirá que continúe viviendo, que siga haciendo mi labor evangelizadora. Si esto es lo que desean, por favor llamen al 800 que está en sus pantallas, sólo tienen que teclear su tarjeta de crédito o de débito, la clave secreta y el monto de la contribución".

Las horas empezaron a avanzar, así como el dinero a llegar. Para el martes a las nueve, había 910.000 dólares. "Estoy gozoso", dijo el predicador, "bien porque me quede o bien porque parta a los brazos de Dios". Había tensión en el ambiente. Todos estaban pendientes de la pantalla electrónica. Nueve cuarenta y 915.693 dólares. "Se acerca la hora", dijo el pastor a las 9:45, "ustedes ya han depositado 917.600 dólares. Me retiro a meditar por diez minutos en mi despacho". Abandonó el estrado, todo el mundo lo siguió con la mirada hasta que traspasó el cortinaje. Regresó a las 9:56; la pantalla mostraba 999.980 dólares. A las 9:59 y 999.998 abrió los brazos, miró hacia arriba y cerró los ojos; transcurrido un minuto, el tablero indicó la cantidad final: un millón tres dólares. Los presentes se pararon de sus asientos y empezaron a aplaudir, claramente emocionados porque se quedaría el reverendo; pero fueron enmudecidos cuando cayó al suelo, el predicador estaba muerto. Dios, frente a su monitor de Internet, había descubierto que el pastor llamó al número 800 y contribuyó con 82.350 dólares. Para eso fueron los cinco minutos de meditación.

Marcial Fonseca (info@marcialfonseca.com)
www.marcialfonseca.com
Enviado el 2 de junio del 2009




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