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El rincón literario: Cartas a un amigo imaginario

(23 mayo 2011)

Amigo imaginario:

Hoy es el día después. Ayer se celebraron elecciones municipales en todo el país. Y, en algunas comunidades, también elecciones autonómicas. Pues bien, como probablemente recordarás, en una de mis cartas políticamente incorrectas, te decía que no tenía ninguna duda que el Partido Popular llegaría a gobernar en nuestro país. De momento, en estas elecciones ha arrasado. Vamos, que, como se dice ahora, ¡están que se salen! Eufóricos, exultantes y, cómo no, descaradamente arrogantes. Y digo esto, amigo mío, porque, aprovechando el tirón, ya le están exigiendo al Gobierno que convoque elecciones generales. Y se comprende. Los votos de una aplastante mayoría, han propiciado que el Partido Popular le arrebatara el poder, municipal y autonómico, al Partido Socialista. Ahora bien, no nos engañemos, esa exigencia se debe, única y exclusivamente, a una desmesurada ambición de poder. Y no para salvar al país, como pretende hacernos creer.

El sensacionalismo, en la mayoría de los titulares de los periódicos, no se hizo esperar: “Seísmo electoral en el Partido Socialista”. “Terremoto de magnitud japonesa: devastador”. “Debacle del partido Socialista”. “Resultado histórico del Partido Popular”. “El Partido Socialista se desploma y el Partido Popular arrasa”. Y, hasta cierto punto, es comprensible.

Sin embargo, lo que yo no puedo comprender -entre otras muchas cuestiones que mi conocimiento no alcanza- es que, en lugar de condenar y castigar la corrupción y las imputaciones en asuntos turbios, los ciudadanos hayan votado masivamente a favor en aquellas autonomías y municipios que, como mínimo, están bajo sospecha. Esto me hace pensar (¡mal!) que la corrupción alcanza proporciones monumentales. Y, ante la evidencia, tengo que reconocer -dicho de una forma meramente coloquial-, que falta ”pan” para tanto “chorizo”. Por todo ello, si razonamos de una forma, digamos ¿irracional?, podemos concluir, sin temor a equivocarnos, que ese resultado favorable al PP, se debe, sorprendentemente, a que nos va la marcha. Quiero decir, la marcha atrás.

Bueno, querido amigo, pongámonos serios. El resultado de las elecciones celebradas ayer, en las que el Partido Popular ha sido el vencedor incuestionable, me induce a realizar un análisis y una reflexión.

El análisis, como parece lógico, se centra en la decepción y la desconfianza que los ciudadanos de este país sienten hacia el actual Gobierno. Decepción, porque, cada vez más, nos encontramos en una situación de desamparo. En materia jurídica: leyes que no condenan con la necesaria rotundidad, la prevaricación y la corrupción política. Leyes que dejan en total desamparo a los trabajadores frente a la Patronal. Retroceso en la consecución de derechos, sobre todo en el ámbito laboral -abaratamiento del despido, jubilación a los 67 años,…-, en lugar de seguir avanzando progresivamente. Desconfianza, porque, en lugar de aceptar que la crisis económica era un hecho irrefutable, aunque global, se negó categóricamente. Y se disfrazó con calificativos que no se correspondían con la realidad. Y cuando se quiso reaccionar, ya no quedaba ningún margen de maniobra. Del mismo modo, se consintió la escandalosa “burbuja inmobiliaria”, que, inevitablemente, nos estalló en la cara, contribuyendo a potenciar la puñetera crisis. Y el rescate de la Banca, con dinero público, que fue una vergonzosa tomadura de pelo. Tampoco podemos olvidar el paro, que ha ido creciendo día a día, mes a mes y año tras año. Y, para terminar este análisis “sui géneris”, hay que añadir la desconfianza de tantas familias, en las que alguno de sus miembros, tal vez todos, se ha quedado sin trabajo, cuya situación económica es tan preocupante, que de tanto apretarse el cinturón, ya tienen la hebilla en la espalda. Lamentablemente, nada parece indicar que la situación vaya a mejorar. Estos son, en líneas generales, algunos de los motivos por los que muchos ciudadanos, desesperados y desencantados, han cambiado el signo de su voto.

La reflexión, paciente amigo, como consecuencia del análisis expuesto, me lleva a considerar que la desesperación, ante una situación de inestabilidad económica y laboral como la que estamos viviendo en nuestro país, obliga a la ciudadanía a buscar, con los medios que tiene a su alcance, una posible solución a sus problemas. Y no le importa que se hayan destapado presuntos casos de corrupción -ampliamente difundidos por todos los medios de comunicación-,como ocurrió en la Comunidad Valenciana, feudo del Partido Popular, en los que, también presuntamente, están implicados conocidos cargos políticos. Como tampoco le importa a la ciudadanía, presa de la impotencia, que esa comunidad, a pesar de estar gobernada por dicho partido político, tenga uno de los mayores índices de paro del país. Ya todo le da igual. En el cambio de color político fundamenta su esperanza de mejorar. Sin embargo, lamentablemente, es evidente que la crisis económica continuará estando ahí, atenazándonos y vaciando nuestros agujereados bolsillos, por mucho que el Partido Popular vaya a gobernar en la mayoría de los municipios y en las principales comunidades del país. Y lo mismo ocurrirá con el paro. Y con los derechos de los trabajadores. Y con los casos de corrupción. Y…

Hubo elecciones, si. Hay un partido político ganador, también. Pero, ni unas ni otro, harán que la situación de los sufridos ciudadanos vaya a mejorar ostensiblemente de la noche a la mañana. Y, pasada la euforia de los vítores y los aplausos, tendremos que enfrentarnos, de nuevo, a la cruda realidad.

Y esta es, amigo mío, mi particular visión de esa realidad que, por mucho que intentemos abstraernos, seguirá estando ahí.

Que tengas un buen día, y no te dejes influir por mis análisis y reflexiones. O, quizá, desvaríos. Pues, como tú sabes, para bien o para mal, yo soy así.

Un fuerte abrazo.


(30 septiembre 2011)

Amigo imaginario:

Hoy, sorprendentemente, no te voy a comentar nada del Gobierno, que, con sus erróneas decisiones y continuas rectificaciones, nos tiene desconcertados. Tampoco diré nada de nuestro presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, al que le quedan dos telediarios. Ni de Mariano Rajoy Brey, eterno candidato a la presidencia del Gobierno por el Partido Popular; denostado, hasta hace muy poco, por un sector relevante de sus correligionarios, que ahora, sin embargo, al comprobar que las encuestas son favorables, lo adula y vitorea... Por si acaso. Y, finalmente -en lo que a política se refiere-, tampoco me pronunciaré sobre el candidato del Partido Socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, porque hoy, amigo mío, no tengo el ánimo para hablar de política..., ni de políticos.

Tampoco hoy me apetece, fíjate tú, criticar a la jerarquía de la Iglesia Católica que, sin ruborizarse, no pierde ocasión para hacer gala de su grandeza, ostentación y magnificencia. Ni me apetece, pero nada de nada, reprobar a los miembros de la Conferencia Episcopal su empecinamiento en exigirnos la observación de unos preceptos trasnochados -que dudo mucho que ellos cumplieran si se vieran en la tesitura de tener que elegir-, creyéndose únicos en la posesión de la verdad.

Mi actual estado de ánimo, querido amigo, tampoco me permite hacer referencia a los directivos de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), cuyas prácticas, abusivas y mafiosas, de cobro del “canon”, les ha llevado a pretender apropiarse del correspondiente porcentaje de la recaudación de un festival benéfico. ¡Benéfico! ¡Qué desfachatez, qué escándalo y qué poca vergüenza! Y qué decir de la presunta evasión de fondos y el desvío de capitales que esta pandilla de sinvergüenzas realizaba a otras empresas relacionadas con dicha sociedad. Amigo mío, todo este asunto resulta tan nauseabundo que se me revuelven los higadillos y no me apetece seguir.

Lo que, de verdad, me apetece contarte -siendo, además, el principal motivo de esta carta-, es lo relativo a la amistad y el compañerismo. Y esto lo digo, paciente amigo, por lo que paso a relatarte:

Desde hace algunos años, ex alumnos de la promoción de 1957 del Instituto Laboral, se reúnen anualmente en una comida de confraternidad. El reencuentro, como puedes suponer, significa rememorar aquellos años en las aulas, con sus luces y sombras, vividos con la intensidad y la inconsciencia de la juventud. Los recuerdos y las anécdotas de situaciones irrepetibles, fluyen con facilidad a pesar del tiempo transcurrido. No obstante, la inevitable perspectiva que brinda la distancia temporal -porque los años van dejando, inexorablemente, su huella indeleble-, propicia que, en algún caso, no reconozcamos al que, en otro tiempo, fue uno de nuestros compañeros de clase. En cualquier caso, los reencuentros son siempre muy gratificantes.

Un buen día, estos compañeros de promoción, con acertado criterio, decidieron ampliar la participación a otras promociones. Y este año, por primera vez, asistí encantado a esa comida de hermandad, en la que coincidí con ex compañeros de promoción (1955), a alguno de los cuales no veía desde hacía 50 años. He conocido también, naturalmente, a compañeros de otras promociones. Fue muy emocionante porque, además del reencuentro, hemos sabido algo más de nuestras vidas, de nuestras profesiones...

Pero, tristemente, no todas son alegrías. Este año había tres sillas vacías -como yo acostumbro a decir al referirme a las ausencias- de otros tantos compañeros que se han ido a ese viaje sin retorno. Y el pasado día 16 de este mes de septiembre, otro amigo y compañero fue a reunirse con ellos. Esta es la cara amarga de la vida.

Nunca olvidaremos a los compañeros fallecidos. En cada reunión anual, en respetuoso silencio, su recuerdo estará con todos nosotros. Y ello me lleva a pensar que algún día una de esas sillas vacías, inevitablemente, será la mía. Pero me reconforta saber que, en mi definitiva ausencia, mis compañeros me recordarán.

Esto es lo que quería contarte. Ahora me siento mucho mejor.

Un fuerte abrazo.


(13 octubre 2011)

Amigo imaginario:

Tengo la impresión, o la sospecha; la certeza, tal vez, de que mi forma de pensar y mi comportamiento intelectual están experimentando una particular transformación. No se trata, al menos eso espero, de nada preocupante. Lo que ocurre es que, con la crisis financiera que nos está asfixiando, la escasa credibilidad que ofrecen los candidatos a instalarse en la Moncloa, así como la manifiesta y comprensible indignación ciudadana (léase: cabreo generalizado), mis indicadores neuronales están enviando mensajes tan contradictorios y confusos que, me temo, van a influir muy negativamente en mi intención de voto, como ciudadano de a pie, ante las inminentes elecciones generales.

Nunca tuve inquietudes políticas. Tampoco recuerdo haber tenido nunca, ni en mi época de estudiante, ni en los primeros años de mi vida profesional, lo que se ha dado en llamar: conciencia política. Ni mucho menos. Cierto es, sin embargo, que la situación política no era la más propicia para tal menester. Pero, como no podía ser de otra forma, llegó la transición: pasamos de un régimen dictatorial, a la tan deseada democracia. Este cambio de sistema político, largamente esperado, despertó las conciencias de los ciudadanos más escépticos. Y yo lo era, en grado superlativo.

En aquel momento, amigo mío, nuestra recién estrenada democracia quedó íntimamente unida, pese a quién pese, al nombre de Adolfo Suárez González, primer presidente democrático del Gobierno de España desde julio de 1976 hasta su dimisión en enero de 1981.

Ignoro por qué la figura de Adolfo Suárez, del que no tenía ninguna referencia, se convirtió, por decirlo de algún modo, en mi norte político. Tal vez influyó, o fue determinante, su carácter tolerante y conciliador. Pues, como te dije antes, yo desconocía totalmente -además de no preocuparme, en absoluto- lo que se consideraba tener conciencia política. Y hoy, a pesar del tiempo transcurrido, al comprobar -y, sobre todo, padecer- la inoperancia e incompetencia de la fauna política que pulula por nuestro país, así como el negro horizonte que se divisa, su recuerdo me conforta sobremanera.

Bueno, paciente amigo, volviendo a la exposición que hice al principio de esta carta -teniendo en cuenta, necesariamente, las argumentaciones subsiguientes-, soy consciente de que ejercer el sufragio universal -es decir, votar- es un derecho incuestionable en todo sistema democrático. Pero, es eso: un derecho. No una obligación. En todo caso, afinando mucho, podría considerarse, tal vez, una obligación moral. Nada más. Sin embargo, al observar los múltiples casos de corrupción en los que se han visto implicados políticos de los partidos más representativos, con una clara intencionalidad de enriquecerse, haciendo uso indebido, abusivo e indecente de su cargo, en lugar de velar por los intereses de los ciudadanos que les han votado, estoy pensando muy seriamente, siguiendo los mensajes neuronales a los que hice referencia al principio, en no acudir a las urnas. Soy consciente de que, por mi parte, puede suponer un comportamiento irresponsable. Sé, también, que, como ciudadano, si no voto, no aportaré ese granito de arena que contribuya a mejorar las cosas y nada podré exigir. Y, finalmente, sospecho que, llegado el momento, me sentiré mal por no haber ido a votar. Pero, aun así, pensaré que he sido consecuente con mi actual apreciación de la cuestión política. Y no seré responsable directo de aupar al poder a unos oportunistas. Por ello, querido amigo, a los que utilizan la política para enriquecerse, caiga quién caiga, que no cuenten conmigo. Y, además, les digo a voz en grito ¡qué os den!

Bueno, estimado amigo, sé que he olvidado por un momento la educación recibida de mis mayores, pero ello fue consecuencia de toda la indignación acumulada durante largo tiempo. Espero que lo comprendas y puedas disculparme una vez más.

Un fuerte abrazo.


(30 noviembre 2011)

Amigo imaginario:

Nací un 30 de noviembre, a las seis de la mañana. Hoy, por tanto, estoy de cumpleaños. Cumplo 68 años ¡Qué ya son años! Como puedes ver, llegué a este puñetero mundo madrugando. Y los últimos veinte años de mi vida profesional, todavía madrugaba más: me levantaba a las cinco y media de la mañana para que me diera tiempo a ducharme, desayunar y desplazarme hasta la parada del autobús que me trasladaba a la empresa en la que trabajaba, cuya jornada laboral comenzaba a las siete. Antes, aplicaba el refrán: “Al que madruga, Dios le ayuda”. Luego, me decanté por el que dice: “No por mucho madrugar, amanece más temprano”. Más tarde, por aquello de tergiversar conceptos, utilizaba: “No por mucho tempranear, amanece más madruga”. Ahora, ya no madrugo ¿Para qué? Ya lo dice otro refrán, de dudoso origen: “No se debe madrugar, ni en invierno ni en verano”. Y en eso estoy. Al llegar a cierta edad, como es mi caso, te das cuenta de que lo realmente importante es que amanezca todos los días. Y, sobre todo, que tú sigas estando ahí cuando ocurre. La hora, querido amigo, es lo de menos.

Cambiando de asunto, te informo que ya somos siete mil millones los habitantes de este planeta llamado Tierra. ¡Muchas bocas que alimentar! Y existen zonas muy deprimidas, en las que no tienen agua, ni alimentos, ni medicinas… Sólo sed, hambre, enfermedad y muerte. En otras, sin embargo, hay recursos suficientes para poder equilibrar la balanza. Para calmar la sed y el hambre de los más desfavorecidos. Y para curar sus enfermedades. Y para evitar tantas muertes. Pero, con la precaria colaboración de los poderosos: países, magnates, multinacionales…, únicamente se consigue, amigo mío, pan para hoy y hambre para mañana. ¡Y no es suficiente, coño! El mundo está muy mal repartido. Y así nos va.

Al hilo de lo que te he comentado, quiero que leas con detenimiento las cartas que dos lectores enviaron a la sección ‘Cartas al Director’, del periódico ‘La Voz de Galicia’. La primera, muy escueta, es razonablemente ingeniosa. Eso es todo. La segunda, sin embargo, es un triste lamento. Un grito desesperado. La dura y amarga realidad de una situación asfixiante, demoledora e insoportable.

Primera: “Una ducha, dos litros de agua embotellada, cinco comidas al día, dos coches por familia, ropa con etiquetas en los armarios… Lo multiplicamos todo por siete mil millones y nos da error. Hay que reiniciar el sistema”. (02 / 11 / 2011)

Segunda: “Sistema, lo has logrado. Me has vencido. Tú ganas no sé qué perverso premio, y entretanto yo mastico la derrota. Has conseguido no sólo que yo me sienta como un despojo, sino también que adivine en los míos, en aquellos a los que más quiero, la certeza de que soy un fracasado. Si les pregunto dirán que no, que estoy equivocado, pero yo sé que es así.

Empezaste por dejarme sin trabajo y yo dije: no pasa nada, en pocos días encontraré otro, como siempre. Después te llevaste mi coche y aún quedaban en mí razones para reír. Luego fue mi casa la que me quitaste, y a pesar de ello demostré ser capaz de contener las lágrimas. Ahora, cuando ya han pasado años, ni ganas de llorar me quedan.

Fui precipitándome a un agujero en el que cada vez la luz era más débil, y la negrura, más densa. Transité de la calma a la extrañeza, de ahí a la preocupación, más tarde vinieron la incredulidad, la rabia, el desasosiego, la desesperanza, la angustia y la claudicación. Ahora sólo me queda un peldaño más por bajar: el de la locura. Y escribo esto antes de que mis pies se posen allí donde ya no se distingue la realidad de la fantasía, el bien del mal y las palabras de los gritos rotos e inarticulados. Quizá ese lugar represente la otra puerta de este túnel, la contraria a aquella por la que entré”. (14 /12 /2011)

Después de haber leído estas cartas, espero que convengas conmigo, querido amigo imaginario, en que huelga cualquier comentario. Aunque sí podemos añadir -y debemos hacerlo-, que cada día son más los que, habiendo quedado sin empleo y sin prestaciones económicas (5 millones de parados, en un país como el nuestro, son muchos parados), acuden a las entidades benéficas en demanda de ayuda: ropa y comida, colapsando los comedores y los ‘Bancos de Alimentos’. Tal vez, pienso yo, no estaría de más apuntillar aquello que hemos repetido hasta la saciedad: ¡Este país se va a hacer puñetas! Y nosotros, también.

Que tengas un buen día, estimado amigo, a pesar de las circunstancias adversas en las que estamos inmersos.

Un fuerte abrazo.


(31 diciembre 2011)

Amigo imaginario:

En esta última carta del año que hoy acaba, quiero darte las gracias por la atención que le has dispensado a todas las que te he escrito: unas, con más acierto que otras; algunas, políticamente incorrectas; muchas, rebosantes de indignación. Pero todas ellas, puedes estar seguro, escritas con honestidad y consecuentes con mi forma de ser y de pensar. Comprendo, como no podía ser de otra forma, que tú no estuvieras de acuerdo con muchas de mis aseveraciones, opiniones o sentencias. Y lo respeto, naturalmente. Pero, como tú sabes, en la diversidad de opiniones está la grandeza de la libertad de expresión. Y esperemos que podamos continuar así por mucho tiempo.

Estimado amigo, ha sido el 2011 un año diferente, conflictivo, convulso, crispado… Un año, política y económicamente hablando, para olvidar. La crisis económica global que ha sacudido a todos los países -a unos más que a otros, naturalmente-, se ha dejado sentir en el nuestro de manera especial, crítica y rotunda. Muchas empresas se han visto forzadas a tramitar expedientes de regulación de empleo, despidiendo a gran parte de sus empleados. Del mismo modo, miles de comercios de todo el país han tenido que cerrar sus puertas al público. Unas y otros -empresas y comercios con antigüedad de dos o más generaciones-, han visto como se desvanecía el trabajo, los desvelos, la dedicación y, en muchos casos, el esfuerzo económico personal de muchos años. Y, también, las ilusiones. Todo ello, amigo mío, ha generado que más de cinco millones de ciudadanos estén desempleados. Que muchas familias se encuentren por debajo del umbral de la pobreza. Una situación, crítica y desesperada, que no se puede soportar por mucho tiempo. Por eso te digo, imaginario amigo, que este año 2011 es un año para olvidar. Pero, sobre todo, también para sacar conclusiones y aprender.

Otro acontecimiento de gran relevancia se ha producido este año en nuestro país: unas elecciones generales que han dado como resultado un cambio de Gobierno. Y este cambio, para bien o para mal, empiezo a considerarlo necesario. Aunque he de confesar que el partido político (Partido Popular) que se ha alzado con la victoria -y que ha obtenido una mayoría aplastante-, sabes que no goza de mi simpatía. Sin embargo, al menos de momento, considero que he de otorgarle el debido y razonable margen de confianza.

Nos esperan duras medidas restrictivas que, aunque las suponemos necesarias, no creo que las asumamos con agrado. Y no sólo porque repercuta negativamente en nuestros bolsillos -que también, claro está-, sino porque desconfiamos que, como suele ocurrir casi siempre, los más perjudicados serán (seremos) los económicamente más débiles. Y eso es motivo más que suficiente para preocuparse. Y mucho. Porque, reconozcámoslo, la equidad nunca ha sido una constante en los ajustes económicos que hayan tenido que asumir los ciudadanos. Pues, incomprensiblemente, en estas cuestiones siempre ha existido un clamoroso y sangrante desequilibrio. Por ello, querido amigo, ahora más que nunca, es necesario que permanezcamos vigilantes.

Un fuerte abrazo y Feliz Año Nuevo.


(22 febrero 2012)

Amigo imaginario:

En esta primera carta del año, quiero referirme a la reciente inhabilitación del juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón. Confieso mi ignorancia en cuestiones judiciales, y, tal vez por ello, no alcanzo a comprender esta decisión del Tribunal Supremo -por unanimidad de los siete magistrados que lo juzgaron-, tras rechazar todos y cada uno de los argumentos de la defensa. La sentencia, al parecer inapelable, lo inhabilita durante 11 años -lo que, debido a la edad que tiene el juez Garzón (56 años), equivale, de facto, a la expulsión de la carrera judicial- por haber ordenado la intervención de unas comunicaciones en la cárcel, entre los procesados en el Caso Gürtel y sus abogados defensores. Es cierto, no obstante, y el Supremo insiste en ello, que las escuchas entre presos y abogados sólo son admisibles en casos de terrorismo. Pero condenarlo como autor responsable de un delito de prevaricación judicial, sin haber considerado que dichas escuchas fueron respaldadas por la Fiscalía y refrendadas por otros dos jueces, me resulta absolutamente incomprensible. Y, aunque no dudo que esta sentencia haya sido dictada ajustándose rigurosamente a la ley, como no podía ser de otra forma, considero, con la debida prudencia y el máximo respeto, que no se ha hecho justicia. Ahora bien -y aludo de nuevo a mi ignorancia en cuestiones legales-, respecto a este tipo de cuestiones conviene tener siempre presente el aforismo jurídico: “El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento”. Y en eso estoy.

El juez Garzón, como es público y notorio, querido amigo, contribuyó a dignificar la justicia española a nivel mundial. Fue el adalid indiscutible en la lucha contra el narcotráfico. Investigó a la organización terrorista ETA y a su entorno. También destacó en la lucha en favor de los derechos humanos, promoviendo una orden de arresto contra el exdictador chileno, Augusto Pinochet, por crímenes contra la Humanidad. Asumió la investigación sobre los crímenes de la Guerra Civil Española y el franquismo… Y un largo etcétera. Es cierto, no obstante, que la gran relevancia de sus actuaciones lo convirtieron en un juez estrella, en un superjuez, lo que suscitó muchas envidias en su entorno profesional; y ello, probablemente -aunque también es comprensible-, pudo haberlo llevado a pecar de vanidad. ¿A quién no? Pero eso, creo yo, hay que considerarlo como algo meramente circunstancial. Nunca condenatorio.

Aún admitiendo los errores que el juez Baltasar Garzón haya podido cometer, que sin duda los hubo, me quedo con su gran capacidad de trabajo, con su plena dedicación, con la minuciosidad de sus investigaciones, con su valentía… Y con su honestidad.

Amigo mío, me apetecía comentarte este asunto que, ciertamente, me produce indignación. Sobre todo, por la dureza de la condena -a un juez de tan merecido y reconocido prestigio-, sin la más mínima concesión atenuante. Y esto, lamentándolo mucho, aun a riesgo de incurrir en un grave error, me hace dudar seriamente de la Justicia.

Un fuerte abrazo.


(5 abril 2012)

Amigo imaginario:

Estoy desconcertado. El señor Rajoy, don Mariano -nuestro actual presidente del Gobierno-, en un alarde de desfachatez manifiesta, incumpliendo su programa electoral, sube los impuestos y abarata el despido. Y, por si esto fuera poco, ahora nos sorprende con una amnistía fiscal mediante la cual los defraudadores -timadores de guante blanco-, serán redimidos de sus pecados “capitales” -¡hay que jod…!-, observando una simbólica penitencia: el pago de una ínfima cantidad, si retornan el dinero que se llevaron fuera del país; garantizándoles, además, el más absoluto anonimato. Y aquí paz y después gloria.

Según un artículo publicado ayer en las páginas de opinión de un conocido diario de ámbito nacional, cuando en el año 2010 el señor Rodríguez Zapatero formuló una medida similar, el señor Rajoy manifestó: “…es impresentable. Claro que estoy en contra de una amnistía fiscal, porque se les está diciendo a los que pagan impuestos que se les van a subir, mientras a quienes defraudan les regalan una amnistía. ¡Es tan injusto, tan antisocial, es tal barbaridad, que estoy en contra! Esperemos que esta sea la última ocurrencia del Gobierno. España no necesita una amnistía fiscal, sino confianza en la política económica del Gobierno, y no la hay”.

Ya me dirás, amigo mío, si no tengo motivos, más que suficientes, para estar sumido en el desconcierto más absoluto. También puede ser, cómo no, que me halle perdido en la inmensidad de un proceloso y, para mí, desconocido océano.

Para tu información, te comunico que el pasado día 30 de marzo, se aprobaron en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado 2012 . Unos presupuestos que, por su carácter restrictivo: recortes en la Sanidad y Educación públicas -entre otros recortes-, fueron presentados después de celebrarse las elecciones autonómicas en Andalucía y Asturias, en un alarde de estrategia partidista que, sin embargo, no surtió los efectos positivos que esperaba el Partido Popular.

No estoy en condiciones de calificar, con racional autoridad, los citados presupuestos. Sin embargo, como era de esperar, en la prensa escrita, del mismo modo que en radio y televisión, firmas y voces autorizadas –y algunas que no lo son tanto, ciertamente- se han manifestado mayoritariamente en contra de unos presupuestos que ponen en serio peligro el Estado de bienestar. De todos modos, las opiniones –a favor o en contra- no siempre son objetivas. Dependen, en gran medida, del color político de esas firmas y voces; de sus periódicos, emisoras de radio o cadenas de televisión. Entre esas firmas y voces –tertulianos ocasionales, en su mayoría-, además de reconocidos periodistas, hay también políticos, economistas, profesores universitarios… Es decir, profesionales con conocimientos sobradamente demostrados. Pero, como suele ocurrir en otros ámbitos, sus opiniones son dispares. Algunas, incluso, disparatadas. Lo que aún me confunde más. De cualquier manera, considero que no es prudente, ni razonable, opinar de forma irreflexiva sobre un asunto tan comprometido, ni tampoco esperar resultados inmediatos. Si las medidas adoptadas resultan o no efectivas para reducir el déficit, lo sabremos a largo plazo. Mientras tanto, paciente amigo, además de apretarnos el cinturón hasta que la hebilla nos llegue a la espalda, considero necesario que el Gobierno reconsidere algunos de los recortes anunciados, para no lesionar seriamente derechos fundamentales. Ahora bien, si, a pesar de todo, no se logran los resultados esperados, tendremos que pensar en elevar nuestras plegarias para que tengamos suficiente margen de maniobra que permita corregir la deriva, rectificar el rumbo y enderezar la nave antes de que zozobre.

Querido amigo, sé que estoy dibujando un panorama muy desalentador. Pero, lamentablemente, la actual situación económico-social en nuestro país –como ocurre en otros de nuestro entorno comunitario-, no invita al optimismo.

Finalmente, como suelo recomendarte en circunstancias especialmente comprometidas, como la actual, es conveniente –a la vez que muy saludable- permanecer vigilantes, oteando el horizonte.

Un fuerte abrazo.

(05 mayo 2012)

Amigo imaginario: Nuestro Gobierno cogió carrerilla, se lanzó cuesta abajo -¡a toda pastilla!- y me da la impresión de que se ha quedado sin frenos. Te digo esto, porque, a la vista de sus últimas actuaciones, deduzco que le gusta más hacer recortes presupuestarios que a un niño un chupa chups. Y para seguir manteniendo esa velocidad de crucero, el señor Rajoy anuncia que todos los viernes, en el Consejo de Ministros, se decidirán nuevos recortes. ¡Y se queda tan ancho!

Amigo mío, sarcasmos aparte, la situación en nuestro país no está para grandes alegrías. Sin embargo, las medidas que se están adoptando –algunas, en mi opinión, excesivamente drásticas- no parece que vayan orientadas a crear empleo ni a reactivar la economía, sino todo lo contrario. Es cierto, qué duda cabe, que la subida de impuestos y los recortes presupuestarios sanearán las arcas del Estado. Pero, ciertamente, por deducción lógica, vaciará los ya muy menguados bolsillos de los ciudadanos. Y en esas condiciones, ¿cómo puede crecer la economía? ¿Quién puede permitirse comprar más allá de lo estrictamente necesario? ¿Con qué dinero, si después de hacer frente a los gastos más imprescindibles… y malcomer, nos quedamos a dos velas? ¡Qué alguien me lo explique!

En mi carta del pasado 31 de diciembre de 2011, te decía: “Nos esperan duras medidas restrictivas que, aunque las suponemos necesarias, no creo que las asumamos con agrado”. Y esas duras medidas, como suponíamos, ya están aquí. Y, como no podía ser de otra forma, a los ciudadanos nos desagradan. Entendemos, sin embargo, que los recortes presupuestarios son necesarios. Naturalmente que lo entendemos. Pero nos cuesta aceptar, tal vez por desconocimiento –como simples ciudadanos de a pie-, que los puñeteros recortes se apliquen en las partidas correspondientes a Sanidad, Educación y Servicios Sociales. Y esto, lamentablemente, me temo que no ha hecho más que empezar.

A través de los distintos medios de información, querido amigo, sabemos que el Gobierno de España –del mismo modo que otros Gobiernos de países miembros que se encuentran en una situación similar-, haciendo gala de una sumisión excesiva, está aplicando unas medidas restrictivas que tanto nos incomodan, siguiendo las pautas que le marcan desde Bruselas. Y todo ello bajo la batuta de la señora Merkel, que es la que impone su criterio en la UE. Y yo, en mi ignorancia, pregunto: ¿se mantendría el mismo nivel de exigencia si, coyunturalmente, Alemania se encontrara en una situación de déficit parecida a la actual de España? ¿Aceptaría, sin más, las medidas restrictivas que le impusieran desde Bruselas? Creo, sinceramente y sin temor a equivocarme, que la UE cambiaría, entonces, su nivel de exigencia. Porque, desengañémonos, dentro de la UE también existen países de primera y de segunda división.

En fin, como puedes comprender, todo este asunto me tiene muy desconcertado, confuso, preocupado, intranquilo, alarmado y desconfiado. En definitiva, ¡muy mosqueado!

Un fuerte abrazo.
Robert NewPort (newport43@gmail.com)
www.robertnewport.blogspot.com


Relatos de Robert NewPort:




 
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